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Blog Buscando a Dios

Antonio Osuna Fernández-Largo O.P.

de Antonio Osuna Fernández-Largo O.P.
Sobre el autor

1
Jul
2022
Hallar a Dios a trancas y barrancas
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Muchas veces he pensado que encontrar a Dios en nuestra vida y percibir su amor hacia cada uno de nosotros era cosa sencilla. Que bastaba responder a los menores sentimientos de humanidad para  captar que esta humanidad está totalmente dependiente de Dios. Pero me he encontrado con quienes pasan una larga historia hasta su encuentro con Dios. Ha sido un encuentro cargado de dificultades, cosas inexplicables que hacían que esa labor de encuentro se convirtiera en una epopeya llena de sinsabores, contradicciones, amarguras y rebeldías. Fue difícil aceptar la existencia de un ser supremo y reconocer nuestra dependencia y su infinita sabiduría que sabe por qué las cosas suceden como suceden sin que nosotros encontremos explicación. Así se llega a Dios a trancazos y abriéndose camino entre sinsabores y dificultades de la vida a las que ha habido que hacer frente.

“Caer en la tentación” que dice el Padrenuestro. La caída nunca es elevación, por muy seductora que se presente y la propaganda moderna y también muchas personas presentan caídas seductoras o cuando menos “ya tendrás tiempo de arrepentirte si no te gusta”.

Es la grandeza de nuestro Creador: nos ha hecho libres para tomar decisiones sobre cosas que son para nuestro mal, pero ha respetado la libertad como un don mayor de nuestras vidas. Podría habernos evitado caer en la tentación marcándonos indefectiblemente las conductas, pero lo ha dejado a nuestro libre arbitrio. Dios nos ha querido libres y así nos ha hecho. La libertad la podemos usar para nuestro mal. Eso es precisamente la tentación del mal. De la que pedimos ayuda para no caer en el Padrenuestro.

Podemos y hacemos muchas veces olvido de Dios en nuestras vidas, pero lo cierto es que él nunca se olvida de nosotros, le estamos presente en nuestras disquisiciones, ocupaciones vulgares y ensueños incompatibles con lo divino, pero hay situaciones en la vida (traiciones de amigos, enfermedades penosas, muerte de seres queridos) en las que es imposible no pensar en Dios. Es entonces cuando hay que percibir dónde habla Dios y qué dice en esa situación irrepetible. Y su voz nos hace encontrarnos con lo genuino, lo real y lo liberador aunque sea muy doloroso. La negatividad y victimismo no son voces de Dios sino eco de nuestras miserias. La voz de Dios resuena para los católicos que están al margen  del cumplimiento de preceptos positivos, está en los divorciados que se han vuelto a casar, en quienes viven una vida irregular en los preceptos positivos, en los homosexuales y lesbianas. En suma, en las vidas irregulares ante las leyes y el derecho. Esto es toparse con Dios a trancas y barrancas. Que sucede y es inescrutable para nosotros.  

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24
Jun
2022
Refugiados: forma inquietante de pobreza evangélica
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Hay 280 millones de migrantes en el mundo obligados a dejar sus tierras. Muchos de ellos son refugiados, pues en todo el mundo hay seres que se han visto obligados a abandonar sus hogares para huir, casi siempre, de guerras locales abiertas. Los refugiados, en concreto, se estima que sean 84,2 millones de personas según ACNUR. Sus lugares de procedencia son Siria, Venezuela, Afganistán, Sudán del Sur, Myanmar, y, en menor número, R.D. Congo, Somalia, Rep. Centroafricana y Eritrea. Todos ellos se presentan  con el rostro inequívoco de pobreza en nuestro mundo. 

Es una gigantesca pobreza de hoy. La Iglesia y ONG alertan el auxilio. No se pide carnet de catolicidad sino modo de ayudar abriendo caminos de dignidad, derechos y oportunidades para las víctimas solo por su condición humana. Considerar hermanos a todos estos es un mensaje evangélico con traducción a idiomas modernos. Todos son víctimas de guerra civiles, invasiones o cualquier forma de someter a inocentes, incluso algunas veces con argumentos religiosos. Ayudas de particulares: medicamentos, alimentos, techo, programas de integración….

Ante una realidad tan variada, no tendría sentido una comunidad cristiana monocolor y autosuficiente. Es preciso ir de la mano con otros, si la Iglesia quiere responder a su misión debe estar como hasta ahora en medio de un pueblo, al frente de la defensa de la dignidad del ser humano y al servicio del ser humano y del bien común, codo a codo con los humanos de cualquier lugar que buscan mejorar la vida.

En el evangelio no encontramos soluciones al caso de refugiados. Casi todos los milagros y remedios que hace Jesús es a enfermos y lisiados; la migración no era entonces un problema social. Es hoy cuando hemos visto que la migración es problema que afecta a millones de seres en la sociedad moderna. Es un mal moderno  en virtud del cual  muchas personas y familias enteras se ven privadas de su dignidad humana de ser partícipes de todas las ayudas que nos da la sociedad, como trabajo, salud, educación, vivienda, medios de subsistencia y, en general, amparo y protección. Las personas privadas no tenemos ordinariamente recursos ni contamos con apoyos de las instituciones públicas, como los sindicatos que sólo atienden a los trabajadores al servicio de las empresas o entidades públicas. Son sólo las entidades políticas supremas las que tienen a mano  posibles remedios.

Por eso son de alabar las instituciones privadas, como la Iglesia o Caritas o Cruz Roja, las que se dedican con afán admirable a solucionar casos puntuales de refugiados, viéndoles desprovistos de otro tipo de remedios. Como decía hace días un emigrante salido a flote: pronto tuve que convencerme que Europa no es El Dorado,  como piensan muchos en África. Pero esto es sobre todo cometido de los gobiernos de las naciones y de leyes e instituciones públicas a favor de quienes carecen de cualquier otra prerrogativa de seres humanos en la sociedad.

Los refugiados son personas que huyen del conflicto y la persecución. Su condición y protección están definidas por el derecho internacional y no deben ser expulsadas o retornadas a situaciones en las que sus vidas y libertades corran peligro. En ACNUR se les ha asistido por más de un siglo. Puede ser difícil imaginar la vida de una persona refugiada, pero para casi cien millones de personas resulta una desoladora experiencia.

Este 20 de junio se conmemora el Día Mundial del Refugiado. Por ello, la red de migración, trata, desplazamiento y refugio denominada Clamor, ha suscrito un mensaje para invitar a los gobiernos, sociedad y actores relevantes a asumir un compromiso integral por este tema. Según Clamor, el fenómeno de la migración ha crecido de manera exponencial en la región y en todo el mundo, por lo que han pedido al Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos (ACNUR) y Organización Internacional para las Migraciones (OIM), “reforzar su apoyo a los proyectos que no sólo desde los gobiernos, sino especialmente desde las organizaciones de la sociedad civil, incluidas las organizaciones de fe” dediquen sus esfuerzos a este problema. 

Citando al papa Francisco recuerdan que nos ha invitado a “ver la presencia de muchos migrantes y refugiados no cristianos o no creyentes como una oportunidad providencial para cumplir la misión evangelizadora a través del testimonio y la caridad”. “Por ello debemos impulsar acciones pastorales y sociales que favorezcan una articulación entre el sector privado, público, civil y eclesial que a su vez permitan responder adecuadamente a la coyuntura actual, donde muchas veces las comunidades locales se enfrentan a los grupos de migrantes manifestando rechazo y profundizando las grietas de la exclusión social”.

Que me perdone van Thanh Nguyén, cuya obra ¿Qué dice la Biblia sobre extranjeros, migrantes y refugiados? no he podido leer. En verdad, atender al refugiado no figura entre las obras de misericordia, ni espirituales ni corporales, y sin embargo se trata de una obra de caridad excelente y de enorme reclamo en la vida moderna. Es una gestión pendiente hasta que podamos oír: “bienaventurados los refugiados porque ellos… buscan y alcanzan a Dios”.

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25
May
2022
Buscar a Dios es búsqueda monda y lironda
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Limpia, clara, sin segundas intenciones quiero decir. Quiero hechos mondos y lirondos. Unos buscan a Dios y otros las riquezas, el bienestar, el estar siempre por encima de los demás, que nos toque siempre lo favorable en el azar de la vida….

Cuando  el hombre sufre, entra en el misterio de Dios, está bien trajeado y peripuesto para entrar en el reino de Dios y es capaz de sintonizar con el misterio central del cristianismo, aunque no haya leído la Biblia pero tiene el estilo de los santos laicos… Lo decía una mujer que padecía profunda depresión en su vida: la depresión es una herida en el cerebro por la que se cuela a veces el amor de Dios. Por ese amor se salvó del abismo del suicidio varias veces entreverado antes de conocer el bálsamo del amor.

Vivir la vida mortal no es otra cosa que estar esperando una vida inmortal, decía S. Agustín ( Sermo 4,17: PL 37,1389). Somos anhelo y proyecto del futuro. Buena indicación: vivir es esperar y avanzar en la vida es aproximarse a lo esperado; en una palabra, vivir es acercarse a lo esperado. Toda la vida es aproximarse a la muerte y empezar a vivir es ir prescindiendo de hojas del calendario de la muerte. Por ello experiencia de la vida  es conocimiento y vivencia de la muerte, como avanzar en el camino es acercarse al fin.

Pero esto solo lo perciben quienes andan pro la vida buscando a Dios. No digo los que confiesan a Dios y menos quienes conocen su palabra explícita sobre la promesa de una resurrección. Me refiero a todo ser viviente en cualquier lugar del mundo, que anhela, se siente afectado o se ha preocupado alguna vez por entenderse a sí mismo y las razones de que exista el bien y el mal en la humanidad, es decir, la condición moral inherente a todo ser humano.  Los que buscan a Dios, que son la mayor parte de la humanidad que ha existido y existe, son quienes están abiertos a algo que les trasciende, algo que es explicación de todo pero que nunca se alcanza en este mundo. Esa es la esperanza monda y lironda en Dios.  La definición del ser humano, en una palabra.

 

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11
May
2022
Patente de corso en la navegación por la vida
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Vivir de espaldas al mundo en que se vive no es terreno apto para toparse con Dios. No tener en cuenta a los demás  en nuestro programa vital es renunciar a conocer a Dios, pues la imagen de Dios son las criaturas.  Dios nos destinó desde toda la eternidad a convivir con nuestros ciudadanos. Los demás desarrollan su vida en paridad con la nuestra y a igual distancia de Dios. Todos iniciamos la vida a igual distancia de Dios.

A veces planificamos el futuro como si fuéramos los únicos habitantes de la tierra. Los espíritus orgullosos, engreídos y perdonavidas no son terreno abonado para buscar a Dios.

Obviar la humildad en nuestro programa vital es prescindir  de todo lenguaje con lo divino. La humildad es el primer sentimiento que nos acerca a Dios pues es definición del encuentro con Dios. Sucede que quien se cree autosuficiente, el que presume de ser único y superior al resto, el que mira el mundo como terreno propio, quien se cree que todos existen para su servicio, ése no tiene condiciones idóneas para alcanzar a un ser superior que es dueño absoluto de nuestras vidas y al que hay que rendir cuentas de todas nuestras acciones. Es el único que por definición no tiene nadie mayor. Si pretendemos ser el principio del bien y del mal, ¿cómo vamos a admitir que hay alguien que está sobre nosotros y al que hay que rendir homenaje y reconocer su puesto único en nuestra existencia y principio absoluto del bien y del mal?

Los autores espirituales hablan con largueza del don de humildad como postura previa a todo acercamiento a Dios; hay  que vaciar el saco para el sentimiento de dependencia del Creador ocupe su lugar. A Dios se va siempre con el corazón vacío y sin adornos superfluos para ser llenados; de María, la más cercana Dios, celebramos que “porque ha mirado la humildad de su esclava, en adelante me felicitarán todas las generaciones” (LC 1,48).                                                         

Creo en un concepto de Dios que está por encima de cualquier religión y es fuerza y amor infinito. Lo llames como lo llames y aunque no sepas articular un discurso coherente sobre él, es importante ser consciente de que hay algo más grande que nosotros y que lo que vemos con nuestros ojos no agota la realidad. Eso es vivir la vida con humildad y no andar por la vida con patente de corso.

 

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29
Mar
2022
Dios no habla en el desierto ni a escondidas
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Solemos pensar que a Dios se le escucha solo en el retiro monacal o al final de prolongados ejercicios espirituales.  Dios está en todas partes y quien está en todas partes se manifiesta y habla en todas partes. La palabra divina resuena en cualquier rincón  humanitario y en variedad de tonos, pero los únicos que la perciben son los de corazón recto y humildad y logran sintonizar con ella.

Esta es una de las grandes verdades de la fe cristiana: Dios habla a todos. Olvidémonos de señalar en el mapa los países católicos o las estadísticas de los bautizados como únicos voceros de la palabra de Dios. El camino hacia Dios se puede transitar en infinidad de derroteros, pues es una respuesta a un  Dios que llama y cuyas voces suenan por doquier. Y olvidemos que hay un pueblo elegido, unos sacerdotes acaparadores de esa palabra, unas almas privilegiadas o un pasaporte de minorías. Lo dice la Escritura: “no hablé a escondidas ni en país tenebroso, no dije al linaje de Jacob: Buscadme en el vacío. Yo soy el Señor que dice lo que es justo y proclamo lo que es recto” (Is 45,19).

Por eso la única recomendación para todos es estar atentos a las llamadas de Dios. Cualquier persona humana y en cualquier situación que se encuentre. Solo hay dos elementos seguros: Dios habla a todos y cualquier persona puede escucharle en las situaciones más dispares. Y hay para ello un sacerdocio especial que puede ejercer cualquier persona: ayudar a percibir la llamada de Dios. Lo demás son excusas: que si el mal ejemplo de otros, que si hay presentaciones estereotipadas de lo divino, que si hemos divinizado un dios a nuestro gusto…

La enseñanza bíblica lo ha dejado claro: “No hay otro Dios fuera de mí. Dios justo y salvador no hay otro fuera de mí” (Is 45,21)

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11
Mar
2022
La paz es siempre fuente de bienes, por pequeños que sean; la guerra, al contrario, fuente de males y siempre grandes por cierto
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Hay cosas que la humanidad lleva siglos sin aprender: la guerra es un mal a evitar en absoluto. Ni siquiera el cristianismo lo ha madurado, a pesar del evangelio. Ha legitimado la guerra en muchas ocasiones; baste recordar los estragos de las Cruzadas o pensar en las actuales palabras edulcoradas del patriarca ortodoxo de Moscú y acompañante de actos públicos de Putin y defensor ambiguo de “la tierra rusa”.

Los teólogos antiguos –que eran realistas en grado sumo− decían que es condición de una guerra que se pretenda justa el que los bienes que logre sean superiores a los males que causa. Esto equivale a condenar toda guerra en nuestros tiempos y en nuestros lares. No es cierto que los antiguos defendieran la guerra justa sino que le ponían tales condiciones que la hacían inalcanzable en casi todos los casos. Ya está bien de seguir citando autoridades antiguas eclesiásticas sobre la guerra como si la guerra defensiva de ejércitos en lugares aislados de población en el siglo XVI fuera lo mismo que las guerras totales y de población civil indefensa de la actualidad.

 “La guerra es una locura. Parad, por favor”, exclamaba hace unos días el Papa. Sí, eso, locura de un ejército bien equipado matando impunemente a gente indefensa e inocente. No se trata de historias de hace siglos sino que lo estamos viendo y percibiendo en nuestro entorno. No estuvo acertado el Papa que al comenzar el siglo presente profetizó que el siglo XXI sería el siglo de la paz anhelada desde siglos. 

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17
Feb
2022
Ni quito ni pongo rey…
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Se da veces una imparcialidad hipócrita. Nuestras acciones, en efecto, no son nunca neutras. Hay que comprometerse. Vivimos en una sociedad orgánica donde nuestras acciones redundan, lo quieras o no, en el conjunto y nuestras decisiones repercuten en los demás. Pertenecemos a una sociedad: un estado, un pueblo, una familia o un clan que vive con nuestras pequeñas contribuciones. Y su importancia se construye con ayuda de esas pequeñas actuaciones.

Dios está también en los entresijos de esa realidad y todos los fenómenos de que vive la humanidad alteran la Providencia divina. Jesús no murió solo por unos pérfidos judíos sino por toda la humanidad donde el mal sobresale en grandes cantidades por doquier. Es toda la humanidad la que ha alterado la providencia divina y la encarnación se hizo no por los depravados del pueblo israelita –que supongo que los habría como en todo pueblo- sino por todos los hombres, de cualquier credo o confesión, de cualquier tiempo pasado o futuro, de cualquier raza y de cualquier condición. No cabe el subterfugio de yo no quería eso…, pero eso no existiría si no fuera por ti. Abunda en efecto la hipocresía en nuestras vidas.

No es legítimo ampararse en el mal comportamiento de los otros. Ni en la hipocresía de aparentar no tener falta, pues la muerte en la cruz ha afectado a todas las faltas: todos confesamos en verdad “por mi culpa”. Hay que asumir nuestra responsabilidad en el mal, no cabe refugiarse en ‘yo no pretendía eso….’, pero eso no existiría sin tu colaboración. Esa la individual, personal, la más anodina  justificación que hacemos porque otros lo hacen o porque mi señor me lo manda. No cabe escudarse en el mal comportamiento de los demás ni hay atenuantes por las circunstancias históricas. El mal del mundo está construido con pequeños detalles.

El mal del mundo está hecho de pequeñitos males, de actitudes hipócritas. Es lo que reconoció el asesino del rey legítimo cuando dijo: ‘Ni quito ni pongo rey, pero ayudo a mi señor’. Así el asesino del rey legítimo, Pedro I, justificaba su homicidio que puso en el trono de España a una dinastía bastarda  cual son los Trastamara.

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3
Feb
2022
Nos dan a veces la paz, pero no nos dejan vivir en paz
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Es difícil librarse de quienes nos asaetean constantemente con sus reclamos, sus pastillas para toda clase da males y sus recetas infalibles para todo tipo de dolencias. Son los bienhechores pródigos con medicinas para toda clase de enfermedades, sobre todo las del alma. Pero, al contrario, acompañar con la paz es estar al lado, empujar la carga, ocultar lo doloroso inexplicable, interponer el silencio cómplice, olvidar lo irremediable, perdonar con generosidad, hacer saltar una chispa de la esperanza en la absoluta oscuridad y poner una venda ocultadora donde ya no hay cura. Dar la paz es la expresión de un acompañamiento y no sacarse del bolsillo una receta prefabricada receta. Solo así se contribuye a sembrar la paz entre seres humanos.

Entre los que dan la fría paz  me refiero a los academicistas, liturgistas y fariseos de turno,  con su cadena interminable de preceptos, imaginando que Dios lo que quiere de nosotros es un ejército de personas perfectamente iguales y desfilando perfectamente uniformados y al unísono ante el sátrapa de turno que casi siempre son ellos mismos.  Son maestros del rigor y defensores inamovibles de rectitud en todos los detalles. Son fautores de soldados como los de terracota de Xi’an: todos iguales y del mismo material y según las mismas normas y perfectamente uniformados. Para ellos no hay otra paz que la de los cementerios, que continuamente nos desean pero no nos dejan vivir fuera de ella ni luchar por obtenerla en el día a día.

A Dios no se le encuentra en los desfiles uniformados ni el griterío ensordecedor de los campos de fútbol y sí en el cumplimiento minucioso de las obligaciones propias de cada uno y en el saber estar junto al necesitado de cualquier ayuda. A Dios no se le hace presente sacando una receta de la manga.

Empezar en la familia a llevarse bien con los demás, en el barrio o con los amigotes, en el lugar de trabajo, a estar atentos a sus necesidades y arrimar el hombro  en sus problemas; en una palabra, eso es construir la paz. Esa es la paz que desearía para mí.

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19
Ene
2022
DIOS NOS PASA SU TARJETA DE VISITA
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Nos ufanamos a veces de que somos los intermediarios de la presencia de Dios. Error graso. Es el mismo Dios quien se dirige a nosotros y nos busca con afán, aunque no lo sepamos. Nos pasa su tarjeta de visita: al crearnos, al redimirnos, al salvarnos, con la vida de que gozamos y con la gracia que nos sostiene. Solo espera de nosotros una cosa y es para la que nos ofrece su tarjeta de visita: que reconozcamos su amor y explicitemos la creencia en él y sepamos dónde reside.

Cuando oímos su voz es cuando desencadenamos en nosotros  la fe y esperanza en ese rostro de Dios. Es la referencia que se nos da la tarjeta de visita: “Oigo en mi corazón: Buscad mi rostro” (Sal 27,8). La única indicación en la tarjeta de visita es incitarnos a buscar su rostro. Y solo está en nosotros secundar esa insinuación y requerimiento: “Yo busco tu rostro, Señor, no me ocultes tu rostro, no apartes con ira a tu siervo, que tú eres mi auxilio; no me rechaces, no me abandones, Dios de mi salvación” (v.29).

Se consuma, pues, el encuentro cuando reconocemos nuestra dependencia de nuestro creador, cuando nos decidimos por el bien en nuestra vida, por la justicia para con todos y por la ayuda a quien nos necesita. Ahí está Dios de cualquier modo que le llamemos y en cualquier forma que hagamos patente este reconocimiento de que no somos el centro del universo y que tenemos una existencia y labor pendiente. Este es el número de los creyentes del universo, que no recoge ninguna estadística de religiones, nacionalidades o creencias. No hay estadísticas de los así buscadores de Dios. De ellos se dice: “Esta es la generación que busca al Señor, que busca tu rostro, el rostro del Dios de Jacob” (Salmo 23, 6). De ellos queremos formar parte.

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11
Ene
2022
LA FE VERDADERA TAMBIÉN HACE HISTORIA Y NO ES REPETICIÓN CANSINA DE ESTEREOTIPOS
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Nuestros problemas y nuestras experiencias religiosas son algo inédito en la historia de la humanidad. La historia del cristianismo llama a eso la historia de las conversiones. Sí, conversiones, cambios, marcha atrás en  la vida, un frenazo radical en nuestro proceso vital. Así ha ocurrido desde la conversión de los apóstoles hasta el último santo de nuestro tiempo. Las biografías tienen que contar con ello. Hay tantas biografías religiosas como creyentes y tantas formas de santidad como rostros humanos.

El encuentro con Dios ha sido muchas veces un caerse de un caballo o un frenar una vida disoluta o un cambiar por completo de ruta en la vida. Así es la vida de muchos fieles de antes y de ahora. Hay que aceptarlo como es. Encontrar a Dios en la vida no siempre es un proceso unívoco y bien planeado sino un sacudón  que paraliza el lento fluir de la vida.  Así ha sido la historia de muchos encontronazos con Dios. Y esto no se puede negar porque es historia real. Y ya decía  Ortega y Gasset que a un hecho histórico no lo fusila nadie.   

La experiencia de Dios se diversifica en cada persona, aunque Dios sea siempre lo inefable uno. No se trata de hacer memoria de lo que les pasó a otros en otro tiempo, pues Dios nos quiere en nuestra singularidad más estricta. Así es el amor que es irrepetible. Sí, no hay dos modos iguales de experimentar lo divino, aunque sean iguales la oración, las devociones  y los actos religiosos y la misma liturgia. Cuando experimentamos a Dios lo hacemos desde una perspectiva singular y única como somos únicos en la historia y ante Dios que nos ama precisamente en nuestra singularidad, en la idiosincrasia de nuestra ser. No hay memoria de nuestro caso, no le busquemos parecidos. Es como el agua que, aunque fluye siempre, es siempre distinta y por eso no tiene memoria y por ello es siempre  limpia, como decía Ramón Gómez de la Serna. La memoria nos inquieta, desazona y persigue. Nuestra dependencia de Dios será siempre algo inédito e irrepetible porque es fruto del amor divino y no hay dos enamoramientos iguales. No busquemos parecidos a nuestra historia de amor de Dios. Nuestra biografía religiosa es siempre distinta. Tosos tenemos una biografía religiosa distinta aunque no la escribamos.

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