Logo dominicosdominicos

Blog Buscando a Dios

Antonio Osuna Fernández-Largo O.P.

de Antonio Osuna Fernández-Largo O.P.
Sobre el autor

28
Oct
2021
El mejor y seguro asidero en la vida. La única esperanza que no falla
0 comentarios

   

Hace unos días leí una de esas noticas que nos hacen recobrar la fe en los seres humanos. Una misionera colombiana, Gloria Cecilia Narváez, religiosa franciscana de la Congregación María Inmaculada, había sido liberada de un secuestro en Malí, que duró cuatro años, ocho meses y dos días. Liberada el 9 de octubre. Secuestrada el 7 febrero 2017, cerca de Koutiala. El secuestro fue realizado por hombres yihadistas  vinculados a Al Qaeda, del cual la liberaron fuerzas gubernamentales de la presidencia de Malí que fueron quienes anunciaron su liberación.

Lo que me impresionó fue que cuando  estuvo liberada y le preguntaron  cómo puedo resistir   tan largo tiempo hasta ser liberada, respondió sencillamente: “Fue muy duro. Me aferré a Dios”.  Así, sin encomendarse a posibles liberaciones, a recuerdos del ánimo, a amistades singulares o a ilusiones humanas. Muy simple: echar el ancla en lo divino y sin ninguna veleidad o ilusión. ¡Pero qué grandioso! En esa situación todo nos empuja a polarizarnos o dejarnos llevar por la crispación. Nada de esperanzas humanas; lo único inamovible y de absoluta seguridad es Dios. Sujetarse, anclarse y agarrarse fuertemente a Dios es lo único firme: poner el ancla en Dios. Las esperanzas humanas se vuelven veleidades y efímeras; no hay nada firme sino es el anclaje en Dios. El es lo único seguro e inamovible en el devenir de la vida. Ya pueden venir tormentas, imponentes olas  o  resacas infernales que sólo nos mantiene  firmes en el lugar el amarre a un Ser Superior y dueño de todo.

Admira tanta esperanza y tanta fe. Aferrarse a lo divino, anclarse en lo único firme, confiar sólo  en la fijeza de Dios y nada en sí mismos y en lo que nos rodea o en lo teníamos por firme hasta ahora y no lo era. En una palabra, echar por la borda todo lo humano y quedarse sólo con lo divino, aunque por otra parte, sea desconocido e inexplicable. ¡Pero es lo único seguro!

Buscar seguridad en la vida puede ser una de las mil formas de buscar a Dios. Seguridad ante los infortunios, frente a las enfermedades, a los caprichos de la naturaleza, a la decepción ante las amistades, a los accidentes de tráfico, a la muerte temprana. Todo ello lo esperamos y posiblemente lo pedimos alguna vez en nuestras oraciones para reforzar nuestra esperanza. Pero acudir a Dios como único e infalible asidero… solo lo hace la esperanza teologal.

Ir al artículo

21
Oct
2021
El Resucitado: “Id a Galilea; allí me veréis” (Mc 16,7). ¿Pero dónde está para mí Galilea?
0 comentarios

    

Rastrear a Dios es siempre buscar por los caminos de la vida. Por eso cada cual tiene su Galilea: muerte de un familiar, crisis de enfermedades, traición de quien teníamos por amigo, lo avasallador del mal en nuestro entorno, crisis del desarrollo vital, fracaso de una idea largo tiempo acariciada… Casi tantas Galileas como pueblos del mundo y situaciones  de la vida humana. Galilea está en la vivencia de cada uno, pero el resultado es el mismo: encontrarse con Dios. La historia del encuentro con Dios es más variada que las vidas de los santos y que los variados milagros que se les atribuyen.

No hay mapas que señalen dónde está la Galilea de cada cual, pero lo hallado es siempre lo mismo. Es la satisfacción de dar con algo por lo que merece seguir viviendo y  bregando las luchas de cada día, que justifica las peculiaridades de cada cual y que otorga a la existencia el marchamo de ser una existencia particular e irrepetible y justificadora de todo el proceso vital, la única medicina en casos de enfermedades incurables. Precisamente por esta relación con Dios cada uno de nosotros es lo que es y cada uno de nosotros tiene su nombre escrito desde toda la eternidad. Es como la vida de los santos: todos son santos pero no hay dos iguales en relación a Dios ni en la historia de su conversión.

No hay que fiarse de los manuales para convertirse a Dios ni en santos que todo lo consiguen ni en ejercicios de adiestramiento espiritual. Ante todo es obra de la gracia y es Dios mismo el que nos busca y quien busca atraernos con su amor y doblegar el espinazo de nuestros egoísmos y veleidades acariciadas. Es él quien  desbarata nuestros personalismos y nuestras seguridades sojuzgando la independencia de nuestro espíritu. Las personas lo único que podemos hacer es seguir buscando a tientas a Dios, pero siempre es Dios quien se adelanta y sale a nuestro encuentro.

Ir al artículo

8
Oct
2021
Buscar algo incondicionado e ilimitado es buscar a Dios. Nada valen otras definiciones alambicadas, ni siquiera las académicas
2 comentarios

     

Muchas veces me han preguntado que les defina quién es Dios, que yo lo sabré después de apelar con frecuencia a Dios o invocar su nombre. Pero no se trata de definir quién es Dios sino de sentirse afectado por alguien que nos supera a todos.

Sí. No se busca a alguien que defina brillantemente quién es Dios en una erudita monografía calificada cum laude en las academias, sino qué cambia en nuestra existencia si confesamos la realidad de Dios. Dios no es alguien demostrado sino mostrado, no alguien que conocemos fortuitamente sino alguien quien sale a nuestro encuentro.

Los seres humanos tenemos la convicción de que todos somos iguales, de que nadie está por encima del otro, de que todos somos de la misma dignidad;  tal es el abecedario de los derechos humanos. Pero por lo que se suspira es por alguien que no sea precisamente como todos, sino que está por encima de todos, de que sea autoridad indiscutible en las luchas, de que sea el pacificador allí donde no hay posibilidad de encontrar la paz, de que sea verdad por encima de las innumerables opiniones humanas. Alguien que sea… Dios.

¿Queremos más pruebas de que Dios es necesario e imprescindible en la vida de todo el mundo y de cada ser humano en cualquier sitio donde se encuentre?  Esto es lo que buscamos todos al invocar a… Dios.

Lo primero que certifica nuestra idea de Dios es la de un Ser Supremo, creador y señor de todo lo creado y gobernador de todo el mundo con una sabiduría que es exclusiva suya y no esperar que aceptemos  a Dios si coincide con nuestros gustos y si se porta gobernando el mundo de una manera que a cada uno le parezca razonable. Eso único y supremo por encima de toda veleidad es… Dios.

Hemos alterado el mundo con nuestros egoísmos y nuestros odios e insolidaridades y ahora preguntamos: ¿dónde está ese que dicen que lo arregla todo? Queremos fabricar dioses tapagujeros que arreglen nuestros egoísmos y pasiones, nuestras mezquindades, nuestras limitaciones e inseguridades. Pues estamos equivocados, porque Dios no es eso y eso que buscamos no es Dios sino la proyección idealizada de nuestras frustraciones y soberbia; alguien que nos sirva en bandeja nuestras ensoñaciones.

 Pensamos que somos fabricantes de toda realidad, pero hay alguien que nos persigue con su amor y se ofrece a nuestra respuesta y al que buscamos con el corazón lleno de nostalgias y sin embargo siempre está oculto. Y eso… solo es Dios.

Solo lo que es fruto del corazón e intuición del sentimiento es moneda válida en el reino de lo divino. Cuando buscamos a Dios, lo que buscamos es alguien que no sea precisamente como somos todos nosotros.

Ir al artículo

24
Sep
2021
Descienden los cumplidores de un precepto, pero ¿bajan también los inclinados ante la miseria del prójimo?
0 comentarios

    

La última estadística del CIS nos quiere echar un jarro de agua fría a los creyentes. En España la indiferencia ante lo religioso ha subido a 38’7% de habitantes. Los católicos que se confiesan tales ascienden a 56’6%, cuando hace veinte años su porcentaje era el de 83’1%.  Este porcentaje es más relevante entre los jóvenes de 18 a 34 años, de los cuales el 65’05% confiesan ser no creyentes. Además, ente el grupo de creyentes, el 32’6% reconoce que no va nunca a misa, si se exceptúan compromisos de bodas, bautizos, comuniones, etc.

No voy a cuestionar el interés de estas estadísticas para la pastoral y las oficinas de lo que ahora se llama en lenguaje del Papa Francisco “iglesia en salida”. Pero yo iba buscando una estadística de los que están en la línea evangélica, es lo que me interesa. Me preocupa saber la vigencia del evangelio en nuestra sociedad y el alcance la cultura católica, que no siempre coincide con el cumpli-miento de una legislación humana aunque sea eclesiástica.

Pues creo haber entendido el evangelio  que describe los auténticos creyentes en Jesús porque “tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui extranjero y me recogisteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, estuve en la cárcel y fuisteis a verme” (Mt 25,35s).  Tal actitud no cambia si se es creyente o increyente,  cumplidor riguroso de ritos y ceremonias, o no. Ya Isaías lo había dicho: “El ayuno que yo quiero…: dar la libertad a los quebrantados, arrancar todo yugo, partir al hambriento tu pan y a los pobres sin hogar recibir en casa, cubrir al desnudo y no apartarse de tu semejante” (Is 58,6s).

Lo que quisiera conocer es la estadística de quienes cumplen con si trabajo, de quienes sudan a diario por llevar un trozo de pan a sus familiares, de  quienes educan a sus hijos en valores, de quienes aman al desvalido, reciben al emigrante , cuidan de los ancianos y tienen siempre una sonrisa para quienes conviven con ellos. Es decir, la vida honrada, respetuosa de la dignidad de toda persona y la de quienes andan solícitos por echar una mano a quienes lo demandan.  Estas máquinas dan el peso de la honradez muy ajustado, mejor que las encuestas callejeras hechas por muchos entrevistadores. Ese es el cumplimiento evangélico,  no la pose de alardear de creyente o increyente en el teatro de la vida o ir alardeando de la propia condición.

Las estadísticas, por lo demás, no reflejan las situaciones de crisis, de anhelo, de interrogación en que tantas veces está sumido el espíritu humano. La búsqueda de Dios se verifica infinidad de veces en estado de desasosiego, de inquietud, de desazón o de cuestionamiento en que el ser humano pasa crisis y perplejidades más o menos duraderas que no reflejan las meras estadísticas. Lo divino en la persona humana se verifica muchas veces en estado de insatisfacción, perplejidad  o desazón que la técnica estadística no sabe reflejar. No. La búsqueda de Dios no es reductible a gráficos y estadísticas y es, sin embargo, la cuestión que han de resolver  los estándares de lo que es la gran cuestión humana: su existencia y su destino final.

Ir al artículo

2
Sep
2021
Ya está bien de pamplinas. Lo que solo mola es pura apariencia y no es moneda de curso legal ante Dios
0 comentarios

    

Dios no es apariencia, engaño o simulación. Lo poco que sabemos de él es que es verdad. Con Dios no basta con guardar las formas pues él solo atiende a lo genuino, lo sincero, lo auténtico, lo personalizado. Lo que solo “mola” es engaño, simulación, pura afectación.  Ante Dios no vale el maquillaje de corazón o el tapagujeros de pomadas al uso pues él escrudiña los corazones de todos. Solo en la desnudez, que es como nacimos,  se puede conocer y hablar con Dios.

Vivimos en una sociedad donde domina el engaño y la simulación y donde lo único que se salva es la apariencia, el empaque y así vivimos en una sociedad donde reina lo que está bien visto, lo que se lleva. Recientemente el Papa actual denunciaba la hipocresía como el mal de nuestro mundo. Hipocresía es precisamente eso: aparentar lo que no es real, ir a la moda. Pero el mundo de la religión es lo contrario: el corazón es la única moneda con validez y la sinceridad es la única moneda de curso legal. No le demos vueltas: el espejo es el mejor amigo y nunca los frascos de perfumes.

Por eso en el mundo religioso sólo la virtud es pasaporte con validez reconocida y no las apariencias. Por eso el mundo de la religión con Dios trasciende también a las confesiones y credos  y no admite otra categoría que la decisión personal y libre. Y esto es posible en cualquier religión, pero es solo factible en la religión de lo genuino, de lo que se decide en libertad. En cualquier religión hay muchas hipocresías pero el Dios verdadero solo es asequible en la trasparencia y la humildad. La lámpara de la búsqueda de Dios no se enciende más que en la verdad del espíritu.

Ir al artículo

5
Ago
2021
Una tarea que es la repanocha: El cuidado de la tierra
0 comentarios

    

Vivimos una crisis ecológica que pesa gravemente sobre el futuro que tendrán las nuevas generaciones: cambio climático, explotación desenfrenada de las únicas reservas de la tierra, contaminación ambiental gravando la salud de multitud de personas, futuro incierto para las nuevas generaciones. Todo ello se traduce en degradación de la tierra que Dios nos otorgó para vivir los humanos; un mal uso de una herencia divina recibida gratuitamente.

Hay por consiguiente un mal uso de los dones divinos. Y eso es el pecado contra Dios: usar mal y envilecer los dones de Dios. Es un pecado de toda la humanidad, algo así como un nuevo pecado original que postula una expiación universal.

La restauración tiene que venir por un arrepentimiento de la humanidad y acompañado de un cambio de vida: cambiar las actitudes, usos y beneficios obtenidos de la tierra para hacer que sean extensibles a generaciones futuras. Acto de contrición de todas las culturas y pueblos. Nadie está libre de pecado en esta materia ni hay pueblos privilegiados.

La naturaleza es también encuentro con Dios. Y hay que facilitar ese encuentro. ¿Cómo va a ser el encuentro con Dios en unos mares contaminados, en una desaparición de la vida animal o en una degradación del ambiente irrespirable?  Eso es morir; no vivir. Dios es vida pura, no atmósfera irrespirable. Y el encuentro con Dios es un momento de la vida, momento de plenitud, de respirar holgadamente. No se rastrea a Dios pisoteando la obra más valiosa para sus hijos, que es la naturaleza. Cuidar de la naturaleza es la repanocha de nuestras tareas.

Ir al artículo

9
Jul
2021
Nos engañan por arte de birlibirloque
0 comentarios

Hay propagandistas de los deleites corporales y de las satisfacciones humanas que pretenden acallar una sed infinita que hay en toda alma y un deseo natural de Dios, de que hablaban los antiguos, a base de entretenernos un momento  y jugar con la bola de los truhanes.

   A Dios no se le encuentra  en el juego al azar sino en el trabajo, la humildad y a las claras, con las alfombras levantadas. No se alcanza a Dios en la lotería (¡le tocó en suerte conocer a Dios por nacer en un país cristiano!), ni en los salones de juego aleatorio o apuestas (“Yo en caso de duda apuesto por la existencia de Dios por si acaso”), ni optar por lo bien visto (“en mi pueblo está mal visto no celebrar la primera comunión”), sino en el vivir ordinario,  cumpliendo todas las obligaciones como si tal cosa, a las claras, sin el arte de birlibirloque de los rateros.

   La fe en Dios no es cosa de pedigrí social ni de pose festivo. El amor es autenticidad humana y el amor de Dios es la única cosa que nos ata a lo divino y nos acerca a realizar algo que Dios es en verdad, como se nos ha revelado a los cristianos. Aunque no seamos capaces de definir lo que es divino, sí es cierto que el amor existe (¿cómo y en qué grado?) en lo divino  y que todo lo humano que existe deriva del amor que Dios tiene a la creación.

   Solo hay un camino que por largo que sea, lleva a Dios. Y es el camino del amor, de lo sincero, de lo sencillo, de lo auténtico. Es el camino del retorno a Dios, del que derivamos por amor y al que únicamente podemos acceder por el amor. Buscar a Dios es rastrear el amor, por humilde que sea,  en cualquiera de sus formas accesibles al ser humano, pues todo ello es siempre rastrear huellas de un Dios amoroso y de quien derivamos por amor. Rastrear a Dios es cualquier cosa menos engaño y juego de truhanes. No, a Dios no se le encuentra usando el arte de birlibirloque.

Ir al artículo

28
Jun
2021
El infierno ya existe como fosa en esta vida
0 comentarios

    

“No me escondas tu rostro. Igual que a los que bajan a la fosa” (Sal 143, 7). Es una bella y acertada interpretación del infierno. Infierno es descender a la fosa donde no hay belleza, verdad o justicia. Nada de llamas incesantes ni torturas encerrados en barriles, sino que el infierno es no tener acceso al rostro de Dios, no tener explicación alguna de las cosas que existen, vivir sin gozar lo más mínimo de la verdad y la belleza de las cosas. ¿Imaginamos una vida sin conocer la verdad de las cosas y sin gozar de la belleza de todo lo que es admirable? Es a ellos a quienes Dios se esconde y ya no son buscados jamás por Dios y para quienes Dios se ha ocultado definitivamente: “como a los que bajan a la fosa” de donde no se sale.

No hace falta alargarse en descripciones lóbregas de tormentos del infierno, como hacían los predicadores antiguos,  pues ya es sumamente doloroso  no tener la explicación de nada, como ocurre cuando no hay acceso a las llaves de lo divino.

Por eso buscar a Dios es seguir las huellas de la verdad y engolfarse en todo lo que en el mundo hay de bello, que es mucho ciertamente y que será muchísimo más en el otro mundo. Y estar incapacitado para gozar lo más mínimo de la belleza es una condena inenarrable del espíritu humano. Al contrario, buscar la belleza en cualesquiera de sus formas, trabajar por saber la verdad que se encierra en el mundo o arrimar el hombro por cualquier cosa justa y por remediar el mal que sofoca a tantos seres  es alejar el infierno de la vida humana y acorralar el infierno de la vida humana. Sirviendo la verdad, belleza y justicia estamos apagando el fuego del infierno en esta vida y en la otra pues el infierno para una vida humana  es ser inaccesible a lo verdadero, justo y bello.

Ir al artículo

15
Jun
2021
Anorexia de Dios
0 comentarios

 

Una situación fáctica entre los humanos es no tener hambre de Dios, lo divino es vomitivo, falta de sensibilidad a los religioso. Se teme ser absorbido por algo superior a nosotros, perder la autonomía en una palabra, dejar de ser uno mismo. Se quiere reafirmar la línea de lo humano, sin admitir cualquier otra condición. Esa es la fuente de donde hoy beben muchos agnosticismos.

No hay Dios sin comunicación personal, al menos la implícita en la creación.  La comunicación humana ya es un indicio de Dios, un Dios no comunicable no es un  Dios cristiano. El Dios cristiano es un dios dialogante y comunicador de sus designios, en diálogo con los hombres. Y si nos hizo semejantes a él, es porque nosotros somos también comunicadores, vivimos en convivencia y comunicación. Por eso somos semejantes a Dios, porque vivimos en comunicación. Y es que el Dios cristiano es comunicación: “En el principio era la Palabra” (Ju 1,1), pues la palabra es Dios y la palabra es semillero de la comunicación e instrumento de saludo sin mascarillas ni tapujos ni convencionalismos.

Por eso buscar a Dios tiene un significado marcadamente cristiano, pues se busca a alguien que ha hablado aunque ahora no sepamos dónde se esconde. Por eso la actitud cristiana se define propiamente como un buscar a Dios, aunque no sepamos dónde habla ni entendamos qué dice, pero ha hablado con absoluta certeza. Ignoramos lo que de hecho nos dice a cada uno, pero ciertamente ha hablado a todos los hijos de Dios.

Nuestra tarea es liberarse cuanto antes de la anorexia de lo divino y abrir los oídos a quien se dirige a nosotros y nos habla. Es una cortesía natural  a quien de una manera tan delicada nos interpela y desea alimentar nuestro espíritu. No hacerle caso solo puede estar motivado  por una anorexia de todo alimento del espíritu. Y eso es una enfermedad por muy benigna que sea.

Ir al artículo

21
May
2021
No se ganó Zamora en una hora
0 comentarios

Usar paciencia en las cosas del espíritu. El reino de Dios se siembra y queda oculto en la tierra; no es un petardo que estalla al momento. Hay que morir en largos días invernales antes de empezar a fructificar al calor de los días. Así sucede también con la semilla de Dios en nuestro espíritu. Requiere tiempo y paciencia. Las obras de Dios llevan un ritmo lento, alejado  de las ocurrencias humanas y de las explosiones súbitas que tanto sorprenden nuestras vidas.

La historia humana tiene a veces medidas que se alargan en el tiempo. Medidas cósmicas de siglos. Y el espíritu humano tiene ritmos seculares. Así ha querido Dios preparar el mundo de nuestra salvación en millones de siglos, lo cual es señal del máximo respeto que a Dios le merece la libertad humana. Para Dios no hay prisas ni congojas súbitas y el madurar del espíritu requiere una dilación temporal.

La hagiografía está llena de santos que transcurrieron toda su vida sin ver colmados sus deseos pero siempre confiando que Dios los haría fructificar como así ocurrió. Que las obras de Dios no son un petardo que estalla en un momento  y se diluye.  Requieren tiempo y paciencia, como la conquista de Zamora que no aconteció en una hora sino que la ciudad hubo de resistir un largo asedio y llegar a ver el asesinato del rey Don Sancho por el traidor Vellido Dolfos y solo así Doña Urraca entregó la ciudad a su otro hermano, Alfonso VI.

 Dios tiene sus ritmos singulares; desde luego no es el de las grandes noticias en los telediarios ni en las radios al minuto pues funciona al ritmo de lo eterno e impredecible. Por eso la paciencia de Dios mide las obras que verdaderamente son de Dios y trasmuta la historia de las obras no permitiendo que se les aplique los ritmos de nuestros relojes ni los plazos de nuestras previsiones. Son obras de Dios que van a su ritmo, el de Dios. El reino de Dios no se conquista en una hora sino que está sujeto a la paciencia de Dios.

Ir al artículo

Posteriores Anteriores