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Blog Buscando a Dios

Antonio Osuna Fernández-Largo O.P.

de Antonio Osuna Fernández-Largo O.P.
Sobre el autor

21
Ene
2021
El Espíritu de Dios sopla donde quiere pues no sabes de dónde viene ni adónde va
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Estamos viviendo un cambio de cultura y de situaciones nuevas en los caminos de Dios. Negarse a oír las sugerencias nuevas del Espíritu es tapar los oídos a la salvación sugerida por el Espíritu y un morir lento sin adaptarse a toda renovación del espíritu. El Espíritu de Dios es vida; no un baúl de nostalgias ni ritos miméticamente cumplidos ni fidelidad a lo ancestral. El presente tiene nuevos desafíos a los que hay que enfrentarse con  obediencia, discernirlos con lucidez sin nostalgias y con grandes dosis de paciencia en el Espíritu, que no ha cesado en su protección en ningún momento de la evolución de los tiempos. Vivir es cambiar, decía el Papa Francisco sobre esta misma actuación del Espíritu. Solo la muerte es quietud rígida y sin vuelta atrás.

 “El viento sopla hacia donde quiere: oyes su rumor, pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Así sucede con el que ha nacida del Espíritu” (Ju 3,8). Además, el Espíritu ha sido derramado “sobre toda carne” (Hch 2,17), y no sólo sobre el pueblo confesionalmente cristiano, como decía la profecía de Joel cumplida en Jesucristo. Lo cual significa que en todas las religiones y creencias hay quienes siguen las instrucciones del Espíritu. Así se confiesa que cualquier religión o creencia tiene algo que aportar al conocimiento o experiencia de Dios y que todas ellas contribuyen a la experiencia de Dios y son medios para rastrear a Dios. Las  creencias y rastreos de lo divino por los hombres  se abren a un contacto con lo divino porque están impulsados por el Espíritu de Dios. A Dios se le encuentra no solo en unos ejercicios espirituales bajo la dirección de un eminente director espiritual, sino también en la entrega sincera de una persona a lo que es justo y recto en la vida y en las faenas diarias cumplidas con rectitud y amor a los demás. Hay que confesar esta universalidad de la acción del Espíritu de Dios y no restringirla a situaciones singulares de la Iglesia.

Son muchos los modos como Dios se presencializa en los seres humanos pero todos ellos tienen en común que la pureza de corazón  y la sujeción a alguien que te es superior, de quien dependes y a quien te abres al ser un corazón proclive a la compasión de los demás. Ese mismo Espíritu es el que testifica a nuestros corazones que somos hijos de Dios y quien dice hijos dice también coherederos con Cristo y herederos de su reino (Rom 8, 15ss). Todos vamos por la misma senda y tropezamos con los mismos obstáculos. Y el camino es igual de largo para todo hijo de Dios.

No olvidemos que “el hecho  de creer en Dios y de adorarlo no garantiza vivir como a Dios le agrada…. La paradoja es que a veces, quienes dicen no creer, pueden vivir la voluntad de Dios mejor que los creyentes” (Fratelli tutti, n. 74). Franciscus dixit.   

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15
Dic
2020
Feliz encuentro con el cuerpo humano que tiene Dios
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Estos días recibo felicitaciones con motivo del día de Nacimiento de Cristo deseándome toda clase de bienes espirituales y temporales. Mi profundo agradecimiento por sus buenos deseos que les honra y me hacen deudor de semejantes deseos para ellos.

Permítanme solo exponer el sentido con el que vivo estas fiestas que por mi edad y situación no pueden ser muy repetidas. Para mí estas fiestas no son un cumpleaños de un personaje histórico. Las biografías de cualquier personaje se detienen en transmitirnos la fecha exacta en que vieron la luz. De Jesús no sabemos ni sabremos nunca la fecha exacta de su nacimiento y por ello nunca podremos celebrar su cumpleaños. Tampoco soy capaz de describir pormenorizadamente el contexto económico y social en que se verificó aquel nacimiento, pues aquel mundo está tan alejado económica y sociológicamente del nuestro que ni con mucha imaginación podré reconstruirlo o describirlo con seguridad. Para mí son solo las fiestas de la presencia de Dios en el mundo y el encuentro con Dios presente en carne humana.

A Dios nunca le podremos ver y es inaccesible a la mente humana. La fe cristiana sostiene que Dios tomó una condición humana. Los Santos Padres hablaban de una encarnación de Dios, es decir, tomar la carne humana,  que no son solo fibra y huesos sino también  amor, afecto, comunicación, interpretación y postura individualizada antes las cosas; opiniones humanas si queremos. Es el dogma de la encarnación. Intentar admirar y agradecer la encarnación es para mí una manera plausible de celebrar esta fiesta. Acabo de leer un libro del jesuita Brian E. Daley que se titula El Dios visible. Eso es la encarnación: hacerse visible lo que era invisible e ignoto. Dios escogió una morada inimaginable: esconderse tras una sangre humana, vestirse la forma de esclavo (Flp 2,7) o morar en el mundo de los humanos y visitar nuestros templos (Ju 2,19), de modo que pudiese ser conocido como una persona en unión con él. Dios sometió, se adueñó y residió en un ser humano de carne y huesos. Y expresándose como un profeta escatológico, como un moralista renovador o como un terapeuta del dolor y la angustia; como alguien que viene de Dios en una palabra y nos sale al encuentro. Dios está de un  modo nuevo e inimaginable con nosotros.

Y esto me llena sobremanera. Al fin y al cabo, todo el año ando con mis lectores a la búsqueda de Dios. Y de repente me encuentro con Jesús encarnado, que está ahí, como uno más de nosotros, haciéndose accesible como si fuera un familiar o amigo de los de toda la vida. Eso es lo que buscaba afanosamente.

Tengo el goce de haber encontrado lo que tan afanosamente buscaba. Encontré lo que buscaba: “Tu rostro buscaré, Señor”. Como un hombre de nuestra vecindad: “Tomó condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en figura humana como los demás hombres” (Flp 2,5-8). Eso es lo que experimentaré nuevamente en Navidad. Y ¡cómo no celebrarlo!

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10
Dic
2020
Adiós definitivo a una cultura patriarcal y clericalista
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Entre las preces ofrecidas por el Papa para el mes de octubre estaba la que decía: “Recemos para que en virtud del bautismo los fieles laicos, en especial las mujeres, participen más en las instancias de responsabilidad de la Iglesia”.

Ansiamos ver más mujeres en los espacios donde se toman las decisiones importantes de la vida de la Iglesia, pues laicos y laicas son los protagonistas originarios de la misión de la Iglesia. El sexo no tiene nada que ver con la salvación divina. Y ello en virtud del bautismo común que nos ha conferido a todos, hombres o mujeres, la igual dignidad de ser hijos del mismo Padre y nos ha sellado con el ministerio mediador de Jesucristo por igual y nos ha hecho portadores por igual de la reconciliación humana con Dios. El laicado de la Iglesia, hombres y mujeres, son los protagonistas de la culminación de la obra reparadora llevada a cabo por Jesucristo y por tanto igualmente comprometidos en esa obra, sin caer en clericalismos que tanto han desvirtuado la misión de la Iglesia.

Es un error si describimos el oficio sacramental de la Iglesia respecto a la obra de Cristo como si fuera  una estructura jerárquica con fijación en el género masculino y ordenada con categorías de género y tener la osadía de pensar que ese orden monogenérico sería de institución divina. También es una corrupción pensar que la igualdad de todos por el bautismo quede paliada por una hipotética jerarquía de sexos. El sacerdocio común de todos los creyentes queda desvirtuado si se le sujeta a una jerarquía de géneros, oficios o carismas. La imagen de Dios del sacerdocio de todos los fieles no puede quedar ofuscada por tareas de género. No es aceptable que la misión de Cristo a todos los creyentes se restringa a un sector de selectos varones y se niegue al resto del pueblo de Dios. ¿Quién va a negar que la Iglesia actual despide un tufillo clericalista?

Defender en nuestra cultura y en el tiempo actual la igualdad de todos los bautizados es buscar a Dios que nos ha querido a todos por igual y es buscar las sugerencias del Espíritu que sopla esta igualdad del que una cultura machista nos ha tenido alejados largo tiempo. Igualdad entre hombres y mujeres en toda clase de derechos y potestades, manteniendo que Dios creó hombre y mujer en igualdad. No hacer del mundo un reino de varones ni tampoco un matriarcado.

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13
Nov
2020
A Dios rogando y con el mazo dando
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La actitud de nuestra vida debe ser buscar a Dios  con un anhelo incontenido y continuado y hacerlo llamándole con el forcejeo del herrero golpeando el hierro ardiendo. En la Escritura “buscar a Dios” es sinónimo de invocar a Dios. Es un modo de resaltar que el conocimiento de Dios no es un aprendizaje o un mero dar paso a una curiosidad pasajera satisfecha por una consulta en Google, sino una actitud personal y comprometida para tomar una decisión responsable. Hay que comprometerse con ello; no lo trae la cigüeña por los aires.

El problema es qué es lo que hay que hacer. Pues es algo que está en las manos de todos y no se trata de una especialización de eruditos, ni de habilidades innatas que solo tienen los superdotados. Es el mero ejercicio de nuestra buena voluntad en la tarea diaria y comprometer nuestra voluntad en cualquier ayuda al prójimo, servicio humilde a nuestros semejantes y poner nuestros dones naturales al servicio de los demás en el trabajo profesional. Amar al prójimo y ponerse al servicio de los demás en una palabra. Así busca a Dios la inmensa mayoría de la humanidad.

Es el lema de la santidad que S. Benito proponía a sus monjes: Ora et labora. Es volverse a Dios en la intimidad pero sin dejar de darle al martillo. No es desear solo los bienes buscados sino dedicarse a lograrlos con nuestro trabajo por muy humilde que sea. Tal es la búsqueda de Dios que a todos nos incumbe, al decir de S. Agustín: “Te buscaré, Señor, invocándote y te invocaré creyendo en ti” (Confesiones, l. 1, c. 1). Buscar a Dios, ciertamente,  pero invocándolo para que se haga presente en nuestra vida. Tal es la plausible actitud del verdadero fiel: “Te seguimos de todo corazón y buscamos tu rostro” rezaba Azarías (Dan 3,41).

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28
Oct
2020
La inviolabilidad de la vida no es una disputa de credos religiosos
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El Comité de Bioética de España, que es un órgano consultivo adscrito al Ministerio de Sanidad, hace poco ha publicado un Informe sobre el final de la vida y atención al proceso de morir en el marco del debate público actual sobre la regulación de la eutanasia. 

En él se sostiene que la sociedad tiene una deuda contraída con las personas mayores a las que debe un cuidado exquisito y solidaridad intergeneracional, los cuales son incompatibles con la eutanasia que propone el gobierno en una ley que se está discutiendo en las Cortes. La postura del Comité me parece muy digna y valiente en la vida política de nuestra nación. Y es fruto  de una muy inteligente actitud humana de nuestra sociedad laica desde el punto de vista de una ética humana de los grandes valores.

A los que sentimos lo mismo que el Comité nos agrada esta postura que por cierto no es una postura religiosa ni de carácter confesional. Porque muchas veces he oído que es una propuesta de carácter religioso de cristiandad. Nuestra defensa del derecho a la vida da muchas veces la impresión  que solo por sus creencias religiosas estamos obligados a nunca disponer de la vida de los demás, ni siquiera cuando nos lo piden por compasión. Y como en España los creyentes somos cada vez menos de manera alarmante, habría que legislar cuándo los demás pueden prescindir impunemente de nuestra vida ya que la inviolabilidad de la vida solo la defenderían unos pocos cristianos. Repetidas veces los creyentes damos una opinión al respecto como si se tratara de algo peculiar y exclusivo de creyentes. No. Se trata de aplicar la razón para descubrir lo que nos define como seres humanos, de nuestra condición de seres autónomos con responsabilidad moral propia. Somos dueños de nuestra vida física y responsables de ella y no podemos abandonar nuestro compromiso y decisión a los demás, dándoles el poder irresponsable sobre esta vida que tenemos. Eso es lo racional y lo que toda la humanidad llega a comprender. Es, pues, un tema fundamental de derechos humanos; no de credos de una sociedad religiosa concreta. A la autoridad civil le damos el poder para defender esa vida física y hacerlo coactivamente de modo que nos la preserve con eficacia. Y gozamos del derecho a ser curados o aliviados en todos los sufrimientos físicos con los remedios de la ciencia (cuidados paliativos) pues para ello vivimos y colaboramos en la sociedad en que nos ha tocado vivir. No cedamos a nadie el derecho a privarnos de la vida. No demos a nadie derecho a que nos quite la vida, sino a que alivie nuestros sufrimientos en la vida. Y eso no solo lo queremos sino que lo exigimos en toda sociedad humana. La ética racional nos llama al cuidado, responsabilidad, reciprocidad y solidaridad con los demás, no a disponer de sus vidas arbitrariamente. Disponer de la vida de los demás, en efecto, comporta desigualdad e injusticia pues si disponemos de la vida de los demás ya no somos iguales sino subordinados unos a otros. Ya no somos todos iguales en dignidad y derechos; ya no hay una sociedad con los mismos derechos y deberes, sino una sociedad desigual e injusta en que algunos tienen derecho sobre nuestra vida; es un atentado a la razón y a la igualdad de los seres humanos en derechos y deberes. Esto es lo humano y racional. El poder referente a la vida se lo damos a los demás para que nos defiendan; nunca para que nos pisoteen. Y aparte de ello, ¿qué razonamiento puede justificar a los encargados de ayudar la salud con el juramento de Hipócrates a las espaldas para que pueden decidir sobre nuestras vidas? La eutanasia – dice el Comité de Bioética-  “es un retroceso de la civilización, ya que en un contexto en que el valor de la vida humana con frecuencia se condiciona a criterios de utilidad social, interés económico, responsabilidades familiares y cargas o gasto público, la legalización de la muerte temprana agregaría un nuevo conjunto de problemas”. La defensa de nuestro derecho a no ser privados del derecho a nuestra propia vida es el derecho humano primario de todos los derechos subjetivos que anhelamos ver en las leyes civiles. Son muchos los filósofos que han propugnado que el derecho a vivir es el derecho primario de todo ser humano.

Esta es la razón universal de todos y no el fruto de una religión concreta ni de unas creencias privadas y no válidas para la totalidad de los humanos. No rechacemos la eutanasia por nuestras creencias cuando tenemos que hacerlo por nuestra condición básica de humanos; todos los humanos no es el pequeño grupo de miembros de una confesión. Si además tenemos una fe que lo corrobora, sirva de reafirmación, pero no adelantemos diciendo que nuestra confesión nos obliga a rechazar la eutanasia. La rechazamos porque somos dueños de nuestra vida y el defenderla siempre es tarea de muestra moral racional, un derecho humano básico. Lo que se sale en defensa es de una moral humana y una dignificación de la condición humana como ideal de humanidad y dignificación de lo humano como humano. Cuando me opongo a la eutanasia que está elaborando el gobierno actual lo hago en virtud de una moral a la altura de lo humano y con el servicio de una inteligencia que tenemos todos los hombres y una razón ética que es común a todos los hombres y asequible por completo a cualquier ser humano.

Al proseguir la defensa y calidad de nuestra vida humana es como una búsqueda de Dios a quien rastreamos en la dignificación de nuestro ser y vivir como seres libres e independientes, dotados de una responsabilidad peculiar que es la responsabilidad moral de la conciencia personal. Pelear por salvaguardar nuestra dignidad vital es una manera de buscar a Dios. Es Dios quien nos ha dotado de esa dignidad que reclamamos ante cualquier autoridad de este mundo. Precisamente una de las adquisiciones del Estado liberal en la época moderna es que la vida de los ciudadanos no puede estar a disposición de los poderes públicos, sino su más bien su defensa  y coerción.

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22
Oct
2020
Sin tener ni arte ni parte
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La gracia y la salvación es algo inexplicablemente gratuito. La iniciativa de salvar al hombre es algo exclusivo atribuido a Dios. Lo contrario es pelagianismo, un veneno que corrompe y está presente en muchas incitaciones de nuestra sociedad a la divinización de personas, de sus actos y proyectos o logros.

Pero eso no significa que nuestra salvación se realice sin tener ni arte ni parte, como fue el juramento que impuso el Cid al rey Alfonso VI de no haber tenido ni arte ni parte en la muerte de Sancho II de Castilla por el traidor Vellido Dolfos.  Todo lo contrario, Dios ha querido hacernos actores, partícipes y merecedores de nuestra salvación mediante la humilde sumisión a sus designios, la voluntad de secundar las gracias puntuales de Dios  y el reconocimiento agradecido del amor que se nos tiene y al que podemos ser fieles o infieles. En una palabra, nuestra postura ante los dones de Dios es siempre un acto de humildad y tributar gloria a quien  nos ama hasta el extremo de concedernos su salvación que de alguna manera  es también fruto de nuestros comportamientos.

La caridad cristiana ama a la humanidad que no tiene rostro y hace tapujos con el hombre concreto que nos interpela en su circunstancia visible. Así es la imitación de Dios que está en nuestras manos. Son el mendigo sin cama en la calle y arropado con cartones en días de heladas, el vecino deprimido por falta de trabajo para llevar pan a sus hijos o la cuñada desahuciada por un cáncer de pecho imparable. Ejerce la caridad donada por Dios quien acompaña en el sufrimiento a cualquier necesitado y quien se solidariza con quienes han visto partir a sus seres queridos en este tiempo sin poder despedirse de ellos, quienes se compadecen  con los familiares amigos y vecinos que han perdido por la epidemia seres queridos y quienes agradecen la solicitud de sanitarios por atender enfermos. El Dios Padre es el autor de la gracia que comparte la angustia con todos los que necesitan consuelo afectivo y efectivo.

Tener arte y parte en la solución de estas cosas es el modo de secundar nuestra salvación que sin embargo solo viene de Dios. De él viene todo  lo bueno que hacemos, pero al secundar su bondad nos hace partícipes de esa bondad y así homologamos nuestra condición de buscadores de Dios aunque solo sea Dios quien nos busca.

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1
Oct
2020
Buscar el rostro de Dios cala hondo
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Buscar a Dios es una impronta de la persona y define la historia personal y sello que caracteriza la persona y nos define como individuos y, a la par, nos hace radicalmente distintos. No hablo pues del sacramento del bautismo ni de celebraciones sociales solemnes, aunque no las excluyo cuando es en edades de discernimiento.

Tampoco me refiero a esos libros eruditos sobre la divinidad. La experiencia de mi propia vida me ha enseñado que esos libros, que son tan necesarios para justificar las religiones o las confesiones, no han transformado ninguna persona, o al menos yo no conozco a ninguna. En cambio, me he encontrado con muchas personas cuyo alejamiento e ignorancia de Dios se viven con especial angustia y ahonda las tragedias de su vida o vuelve inquietantes las alegrías de la vida.

El primer encuentro con Dios debe ser tan simple y puro como es el encuentro con quien es nuestro hacedor y nuestra total razón de ser. Así he  llegado a la convicción de que a Dios sólo se le conoce en las vivencias profundas de nuestro ser humano. Las frustraciones de la vida, los complejos acumulados y vigorizados en nuestra vida social, los triunfos parciales o grandes de nuestros empeños y la incertidumbre por desconocer todo acerca de los grandes problemas de la existencia, como son la realidad ineludible e inexplicable del mal en el mundo o la muerte implacable, la versatilidad de las personas y su libertad y qué hay tras la muerte, son los campos propicios para buscar a Dios. Y la razón es que son temas que desbordan los horizontes de lo humano y  son inasequibles a la ciencia o la técnica por muy avanzadas que estén.

Estamos, pues, ante un problema que sólo cabe plantearlo desde la condición individual intransferible y desde las vivencias más exclusivas de cada persona. No cabe generalizarlo ni tipificarlo en leyes ni recetar medicinas con efecto universal. Por ello, cuantas veces alguien habla de este tema lo hace siempre desde su individualidad y experiencias intransferibles. Es decir, la búsqueda de Dios se cumple siempre desde el corazón y con firma y fecha individuales. En una palabra, no se trata de una cuestión académica ni de laboratorios de investigación, sino de un tema al filo de la vida ordinaria y de agenda de trabajo. De esta manera tan singular es como nos tropezamos con el rostro de Dios.

Esto es lo que estaba pensando cuando encontré que un israelita piadoso y poeta de los tiempos de Salomón escribió en un salmo que luego sigue recitando el pueblo de Dios hasta nuestros días. Dice este poeta:

“Oigo en mi corazón una voz que dice: Buscad mi rostro.

Y yo digo: Tu rostro buscaré, Señor, no me ocultes tu rostro” (Salmo 26,8-9)

Pedimos a Dios que no se oculte tras los disfraces de esta vida o los eufemismos del lenguaje y que se nos aparezca en lo sencillo y genuino; en la autenticidad, no en lo convencional. Eso es dar con su rostro, conocer lo auténtico. Saber algo verdadero de Dios, no  las fabulaciones divinas que creamos. Es donde con garantía de éxito debe ser buscado el rostro de Dios.

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17
Sep
2020
Los migrantes son personas con toda su dignidad y no me salgan por peteneras
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El debate migratorio es uno de los grandes temas de la sociología y la humanidad actual. Y no es fácil darle solución jurídica o económica, pues quien tuviera una solución se llevaría un premio; al menos yo se lo daría con gusto.

Sería una contribución laudable a favor del reino de Dios en la misma medida que es cuestión de justica universal, de cumplimiento de la voluntad creadora de Dios y de paz entre todos los seres humanos. En una palabra, cumplir con la voluntad de Dios sobre la humanidad a la que quiere ver salvada y liberada. Es, desde luego, una corrección de la injustica, la violencia y la explotación de unos seres humanos por otros.  Pero es también un precepto positivo de Jesucristo: “fui forastero y me acogisteis” (Mt 25,35). Hospitalidad, apertura al encuentro entre humanos y cumplimiento de socorrer a los más vulnerables son versiones aceptables de este precepto.  En cambio, la xenofobia, la hostilidad, el racismo, la homofobia, el  rencor, la altanería, el machismo…  son caldo de cultivo para el odio de unos pueblos a otros. Son germen de  todas las guerras y primera puntada en el tejido de todas las violencias que están presentes en todas las migraciones.

 Todo lo que sea solidaridad con los demás, apertura a sus problemas, tender puentes entre pueblos, costumbres  y culturas, es favorecer el encuentro con quien es autor y vivificador de todos: el Ser Supremo y autor de todo lo que existe, a quien los cristianos llamamos Padre Todopoderoso, Creador de cielo y tierra y Salvador de todo el género humano. Ante Dios somos todos hijos, no emigrantes. El es quien ha creado la tierra para todos los hombres y es en la que se mueven todos los migrantes. Decir de un humano que viene a quitarnos nuestra tierra o perturbar nuestra tranquilidad o robarnos puestos de trabajo o sembrar inseguridad civil es… ¡salir por peteneras! De lo que se trata es de buscar a Dios, no andarse en la vida por las ramas. Emigrantes y no emigrantes somos hermanos. El migrante en nuestra sociedad lamentablemente solo cuenta como instrumento de trabajo: si falta a las seis de la mañana, los mercados se paran; si falta a las diez, muchas madres no tienen quien cuide de sus hijos; si falta a las doce, muchos mayores no tienen compañía; si falta por la tarde, faltan muchos servicios. Pero el migrante es siempre una persona en la totalidad de sus derechos, es un legado de Dios. Es incompatible creer en Dios y rechazar al emigrante (“a mí me lo hicisteis”).

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24
Jul
2020
Aferrarse a la esperanza. Esperanza es lo último que se pierde
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Estoy seguro que lo más repetido y oído en estos meses de pandemia es el deseo de esperanza. Es lo que más nos han deseado y lo que más sinceramente hemos deseado a los demás.

Cristianamente, la esperanza es una virtud teologal que sólo se tiene por gracia y que sólo está anclada en Dios. La esperanza es una actitud radicada en nuestro ser, pero solo alcanza la calidad de virtud cuando brota de una voluntariosa  y decidida elección. Sólo es virtud teologal cuando su sincera motivación ─palabra usada profusamente por los teólogos─ es la confianza filial en Dios que deriva de la fe en él.

Pero ¿es esta esperanza la que nos desean y la que deseamos a los demás? No sé, pero dejo la cosa en el aire. En muchos casos se trata de talante optimista de las personas que ven siempre el vaso lleno aunque solo lo está a la mitad, de quienes huyen de todo mal agüero, de las que practican una confianza irracional, de quienes buscan una salida voluntarista a cualquier dificultad, de quienes cargan su cuerpo de talismanes. Que está bien, pero esa esperanza a mí no me sacia. Es el consuelo etéreo ante el mal que se avecina y que carece de empeño y esfuerzo. Es lo único que quedó cuando Pandora abrió la caja prohibida de su esposo y escaparon todos los males menos la esperanza, que es lo último que se pierde en la vida.

La esperanza teologal es esperar en una roca firme: Dios infinitamente bueno y autor de todo bien. Quien espera en Dios nunca sale defraudado. De él tenemos una vida eterna, pero también una vida terrena que se nos da para nuestro bien y en la que nada malo nos sobreviene que esté fuera de la voluntad divina. Solo hay un sitio sin esperanza y es al que introduce el lema del frontispicio del infierno según Dante: Los que entráis aquí abandonad toda esperanza.

La confianza en un Dios infinitamente bueno y que nos concede la esperanza de una felicidad sin medida es lo que deseamos a todos  los seres humanos frente al desaliento  y el desfallecimiento en las circunstancias de la vida. Es la esperanza que intento trasmitir a todos los que pasan un mal momento y es la que deseo para ellos y para mí cuando me llegan momentos de angustia y zozobra cuando se nos cierran todas las puertas. Porque sobre el deseo de que esta epidemia acabe inmediatamente  y no haya más sufrimientos en la vida, soy más bien pesimista. Solo la esperanza que está anclada en Dios es la que preserva del egoísmo y se abre a la caridad para con los demás.

Durante este proceso angustioso  que estamos pasando con tanto dolor nos recomendamos continuamente una esperanza. Pero en qué se funda esa esperanza con la que todos nos alentamos, me permito pensar que no es el ingenuo optimismo sino la fuerza que Dios inculca en nuestros corazones para hacer nuestra lo que es su voluntad.

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10
Jul
2020
Ingreso mínimo vital. Tarde, pero, al fin, bien
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Albricias. Ya se ha aprobado algo que todos deseamos. Se aprobó el Ingreso Mínimo Vital. Echa a andar algo que todos anhelábamos. Algo reclamado por todo humano y, por supuesto, también por Caritas. 850.000 hogares, 2.300.000 personas. Vaya si es de interés general. ¡Cuántas ocultas necesidades había que solucionar! Familias sin recursos, condenadas a vivir de limosna, confinadas en reducidísimos espacios vitales y sin poder pagar los servicios más necesarios para subsistir y arrojados de su vivienda por impago. Y sin perspectiva de solución laboral para trabajadores en tiempos de epidemia. Es compatible con otras ayudas sociales o ingresos que no lleguen al umbral mínimo. La ayuda es por familia, aunque sea de un solo miembro pero no afecta a inmigrantes irregulares.  

Bien, son más casos de letra pequeña. Era algo anhelado por la mayoría de la población y promovido por Cáritas y muchas entidades sociales. Un aplauso. Ya habrá tiempo de discutir esa letra pequeña y lo harán los entendidos; lo dejo en manos de los políticos, que para ello les pagamos. Pero debiera afectar a todas las familias e incidir en quien está al frente de ella, de cualquier condición que sea. Como dijo Juan XXIII: “es de justicia un salario único dado al cabeza de familia que sea suficiente para las necesidades de él y su familia” y del que, sugieren muchos, “no han de quedar fuera tampoco los inmigrantes irregulares”. Hay muchos casos concretos que no entran en la ley.

La solidaridad y arrimar el hombro es ley para todos los humanos Algo inherente a la condición humana. Y ello deriva singularmente de que todos tenemos un único Padre y Creador. Esa es la voluntad de Dios y quien la secunda ya ha encontrado a Dios. También buscar a Dios requiere tener solventadas las necesidades mínimas vitales.

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