Logo dominicosdominicos

Blog Buscando a Dios

Antonio Osuna Fernández-Largo O.P.

de Antonio Osuna Fernández-Largo O.P.
Sobre el autor

28
Oct
2020
La inviolabilidad de la vida no es una disputa de credos religiosos
0 comentarios

    

El Comité de Bioética de España, que es un órgano consultivo adscrito al Ministerio de Sanidad, hace poco ha publicado un Informe sobre el final de la vida y atención al proceso de morir en el marco del debate público actual sobre la regulación de la eutanasia. 

En él se sostiene que la sociedad tiene una deuda contraída con las personas mayores a las que debe un cuidado exquisito y solidaridad intergeneracional, los cuales son incompatibles con la eutanasia que propone el gobierno en una ley que se está discutiendo en las Cortes. La postura del Comité me parece muy digna y valiente en la vida política de nuestra nación. Y es fruto  de una muy inteligente actitud humana de nuestra sociedad laica desde el punto de vista de una ética humana de los grandes valores.

A los que sentimos lo mismo que el Comité nos agrada esta postura que por cierto no es una postura religiosa ni de carácter confesional. Porque muchas veces he oído que es una propuesta de carácter religioso de cristiandad. Nuestra defensa del derecho a la vida da muchas veces la impresión  que solo por sus creencias religiosas estamos obligados a nunca disponer de la vida de los demás, ni siquiera cuando nos lo piden por compasión. Y como en España los creyentes somos cada vez menos de manera alarmante, habría que legislar cuándo los demás pueden prescindir impunemente de nuestra vida ya que la inviolabilidad de la vida solo la defenderían unos pocos cristianos. Repetidas veces los creyentes damos una opinión al respecto como si se tratara de algo peculiar y exclusivo de creyentes. No. Se trata de aplicar la razón para descubrir lo que nos define como seres humanos, de nuestra condición de seres autónomos con responsabilidad moral propia. Somos dueños de nuestra vida física y responsables de ella y no podemos abandonar nuestro compromiso y decisión a los demás, dándoles el poder irresponsable sobre esta vida que tenemos. Eso es lo racional y lo que toda la humanidad llega a comprender. Es, pues, un tema fundamental de derechos humanos; no de credos de una sociedad religiosa concreta. A la autoridad civil le damos el poder para defender esa vida física y hacerlo coactivamente de modo que nos la preserve con eficacia. Y gozamos del derecho a ser curados o aliviados en todos los sufrimientos físicos con los remedios de la ciencia (cuidados paliativos) pues para ello vivimos y colaboramos en la sociedad en que nos ha tocado vivir. No cedamos a nadie el derecho a privarnos de la vida. No demos a nadie derecho a que nos quite la vida, sino a que alivie nuestros sufrimientos en la vida. Y eso no solo lo queremos sino que lo exigimos en toda sociedad humana. La ética racional nos llama al cuidado, responsabilidad, reciprocidad y solidaridad con los demás, no a disponer de sus vidas arbitrariamente. Disponer de la vida de los demás, en efecto, comporta desigualdad e injusticia pues si disponemos de la vida de los demás ya no somos iguales sino subordinados unos a otros. Ya no somos todos iguales en dignidad y derechos; ya no hay una sociedad con los mismos derechos y deberes, sino una sociedad desigual e injusta en que algunos tienen derecho sobre nuestra vida; es un atentado a la razón y a la igualdad de los seres humanos en derechos y deberes. Esto es lo humano y racional. El poder referente a la vida se lo damos a los demás para que nos defiendan; nunca para que nos pisoteen. Y aparte de ello, ¿qué razonamiento puede justificar a los encargados de ayudar la salud con el juramento de Hipócrates a las espaldas para que pueden decidir sobre nuestras vidas? La eutanasia – dice el Comité de Bioética-  “es un retroceso de la civilización, ya que en un contexto en que el valor de la vida humana con frecuencia se condiciona a criterios de utilidad social, interés económico, responsabilidades familiares y cargas o gasto público, la legalización de la muerte temprana agregaría un nuevo conjunto de problemas”. La defensa de nuestro derecho a no ser privados del derecho a nuestra propia vida es el derecho humano primario de todos los derechos subjetivos que anhelamos ver en las leyes civiles. Son muchos los filósofos que han propugnado que el derecho a vivir es el derecho primario de todo ser humano.

Esta es la razón universal de todos y no el fruto de una religión concreta ni de unas creencias privadas y no válidas para la totalidad de los humanos. No rechacemos la eutanasia por nuestras creencias cuando tenemos que hacerlo por nuestra condición básica de humanos; todos los humanos no es el pequeño grupo de miembros de una confesión. Si además tenemos una fe que lo corrobora, sirva de reafirmación, pero no adelantemos diciendo que nuestra confesión nos obliga a rechazar la eutanasia. La rechazamos porque somos dueños de nuestra vida y el defenderla siempre es tarea de muestra moral racional, un derecho humano básico. Lo que se sale en defensa es de una moral humana y una dignificación de la condición humana como ideal de humanidad y dignificación de lo humano como humano. Cuando me opongo a la eutanasia que está elaborando el gobierno actual lo hago en virtud de una moral a la altura de lo humano y con el servicio de una inteligencia que tenemos todos los hombres y una razón ética que es común a todos los hombres y asequible por completo a cualquier ser humano.

Al proseguir la defensa y calidad de nuestra vida humana es como una búsqueda de Dios a quien rastreamos en la dignificación de nuestro ser y vivir como seres libres e independientes, dotados de una responsabilidad peculiar que es la responsabilidad moral de la conciencia personal. Pelear por salvaguardar nuestra dignidad vital es una manera de buscar a Dios. Es Dios quien nos ha dotado de esa dignidad que reclamamos ante cualquier autoridad de este mundo. Precisamente una de las adquisiciones del Estado liberal en la época moderna es que la vida de los ciudadanos no puede estar a disposición de los poderes públicos, sino su más bien su defensa  y coerción.

Ir al artículo

22
Oct
2020
Sin tener ni arte ni parte
0 comentarios

   

La gracia y la salvación es algo inexplicablemente gratuito. La iniciativa de salvar al hombre es algo exclusivo atribuido a Dios. Lo contrario es pelagianismo, un veneno que corrompe y está presente en muchas incitaciones de nuestra sociedad a la divinización de personas, de sus actos y proyectos o logros.

Pero eso no significa que nuestra salvación se realice sin tener ni arte ni parte, como fue el juramento que impuso el Cid al rey Alfonso VI de no haber tenido ni arte ni parte en la muerte de Sancho II de Castilla por el traidor Vellido Dolfos.  Todo lo contrario, Dios ha querido hacernos actores, partícipes y merecedores de nuestra salvación mediante la humilde sumisión a sus designios, la voluntad de secundar las gracias puntuales de Dios  y el reconocimiento agradecido del amor que se nos tiene y al que podemos ser fieles o infieles. En una palabra, nuestra postura ante los dones de Dios es siempre un acto de humildad y tributar gloria a quien  nos ama hasta el extremo de concedernos su salvación que de alguna manera  es también fruto de nuestros comportamientos.

La caridad cristiana ama a la humanidad que no tiene rostro y hace tapujos con el hombre concreto que nos interpela en su circunstancia visible. Así es la imitación de Dios que está en nuestras manos. Son el mendigo sin cama en la calle y arropado con cartones en días de heladas, el vecino deprimido por falta de trabajo para llevar pan a sus hijos o la cuñada desahuciada por un cáncer de pecho imparable. Ejerce la caridad donada por Dios quien acompaña en el sufrimiento a cualquier necesitado y quien se solidariza con quienes han visto partir a sus seres queridos en este tiempo sin poder despedirse de ellos, quienes se compadecen  con los familiares amigos y vecinos que han perdido por la epidemia seres queridos y quienes agradecen la solicitud de sanitarios por atender enfermos. El Dios Padre es el autor de la gracia que comparte la angustia con todos los que necesitan consuelo afectivo y efectivo.

Tener arte y parte en la solución de estas cosas es el modo de secundar nuestra salvación que sin embargo solo viene de Dios. De él viene todo  lo bueno que hacemos, pero al secundar su bondad nos hace partícipes de esa bondad y así homologamos nuestra condición de buscadores de Dios aunque solo sea Dios quien nos busca.

Ir al artículo

1
Oct
2020
Buscar el rostro de Dios cala hondo
0 comentarios

    

Buscar a Dios es una impronta de la persona y define la historia personal y sello que caracteriza la persona y nos define como individuos y, a la par, nos hace radicalmente distintos. No hablo pues del sacramento del bautismo ni de celebraciones sociales solemnes, aunque no las excluyo cuando es en edades de discernimiento.

Tampoco me refiero a esos libros eruditos sobre la divinidad. La experiencia de mi propia vida me ha enseñado que esos libros, que son tan necesarios para justificar las religiones o las confesiones, no han transformado ninguna persona, o al menos yo no conozco a ninguna. En cambio, me he encontrado con muchas personas cuyo alejamiento e ignorancia de Dios se viven con especial angustia y ahonda las tragedias de su vida o vuelve inquietantes las alegrías de la vida.

El primer encuentro con Dios debe ser tan simple y puro como es el encuentro con quien es nuestro hacedor y nuestra total razón de ser. Así he  llegado a la convicción de que a Dios sólo se le conoce en las vivencias profundas de nuestro ser humano. Las frustraciones de la vida, los complejos acumulados y vigorizados en nuestra vida social, los triunfos parciales o grandes de nuestros empeños y la incertidumbre por desconocer todo acerca de los grandes problemas de la existencia, como son la realidad ineludible e inexplicable del mal en el mundo o la muerte implacable, la versatilidad de las personas y su libertad y qué hay tras la muerte, son los campos propicios para buscar a Dios. Y la razón es que son temas que desbordan los horizontes de lo humano y  son inasequibles a la ciencia o la técnica por muy avanzadas que estén.

Estamos, pues, ante un problema que sólo cabe plantearlo desde la condición individual intransferible y desde las vivencias más exclusivas de cada persona. No cabe generalizarlo ni tipificarlo en leyes ni recetar medicinas con efecto universal. Por ello, cuantas veces alguien habla de este tema lo hace siempre desde su individualidad y experiencias intransferibles. Es decir, la búsqueda de Dios se cumple siempre desde el corazón y con firma y fecha individuales. En una palabra, no se trata de una cuestión académica ni de laboratorios de investigación, sino de un tema al filo de la vida ordinaria y de agenda de trabajo. De esta manera tan singular es como nos tropezamos con el rostro de Dios.

Esto es lo que estaba pensando cuando encontré que un israelita piadoso y poeta de los tiempos de Salomón escribió en un salmo que luego sigue recitando el pueblo de Dios hasta nuestros días. Dice este poeta:

“Oigo en mi corazón una voz que dice: Buscad mi rostro.

Y yo digo: Tu rostro buscaré, Señor, no me ocultes tu rostro” (Salmo 26,8-9)

Pedimos a Dios que no se oculte tras los disfraces de esta vida o los eufemismos del lenguaje y que se nos aparezca en lo sencillo y genuino; en la autenticidad, no en lo convencional. Eso es dar con su rostro, conocer lo auténtico. Saber algo verdadero de Dios, no  las fabulaciones divinas que creamos. Es donde con garantía de éxito debe ser buscado el rostro de Dios.

Ir al artículo

17
Sep
2020
Los migrantes son personas con toda su dignidad y no me salgan por peteneras
0 comentarios

    

El debate migratorio es uno de los grandes temas de la sociología y la humanidad actual. Y no es fácil darle solución jurídica o económica, pues quien tuviera una solución se llevaría un premio; al menos yo se lo daría con gusto.

Sería una contribución laudable a favor del reino de Dios en la misma medida que es cuestión de justica universal, de cumplimiento de la voluntad creadora de Dios y de paz entre todos los seres humanos. En una palabra, cumplir con la voluntad de Dios sobre la humanidad a la que quiere ver salvada y liberada. Es, desde luego, una corrección de la injustica, la violencia y la explotación de unos seres humanos por otros.  Pero es también un precepto positivo de Jesucristo: “fui forastero y me acogisteis” (Mt 25,35). Hospitalidad, apertura al encuentro entre humanos y cumplimiento de socorrer a los más vulnerables son versiones aceptables de este precepto.  En cambio, la xenofobia, la hostilidad, el racismo, la homofobia, el  rencor, la altanería, el machismo…  son caldo de cultivo para el odio de unos pueblos a otros. Son germen de  todas las guerras y primera puntada en el tejido de todas las violencias que están presentes en todas las migraciones.

 Todo lo que sea solidaridad con los demás, apertura a sus problemas, tender puentes entre pueblos, costumbres  y culturas, es favorecer el encuentro con quien es autor y vivificador de todos: el Ser Supremo y autor de todo lo que existe, a quien los cristianos llamamos Padre Todopoderoso, Creador de cielo y tierra y Salvador de todo el género humano. Ante Dios somos todos hijos, no emigrantes. El es quien ha creado la tierra para todos los hombres y es en la que se mueven todos los migrantes. Decir de un humano que viene a quitarnos nuestra tierra o perturbar nuestra tranquilidad o robarnos puestos de trabajo o sembrar inseguridad civil es… ¡salir por peteneras! De lo que se trata es de buscar a Dios, no andarse en la vida por las ramas. Emigrantes y no emigrantes somos hermanos. El migrante en nuestra sociedad lamentablemente solo cuenta como instrumento de trabajo: si falta a las seis de la mañana, los mercados se paran; si falta a las diez, muchas madres no tienen quien cuide de sus hijos; si falta a las doce, muchos mayores no tienen compañía; si falta por la tarde, faltan muchos servicios. Pero el migrante es siempre una persona en la totalidad de sus derechos, es un legado de Dios. Es incompatible creer en Dios y rechazar al emigrante (“a mí me lo hicisteis”).

Ir al artículo

24
Jul
2020
Aferrarse a la esperanza. Esperanza es lo último que se pierde
0 comentarios

    

Estoy seguro que lo más repetido y oído en estos meses de pandemia es el deseo de esperanza. Es lo que más nos han deseado y lo que más sinceramente hemos deseado a los demás.

Cristianamente, la esperanza es una virtud teologal que sólo se tiene por gracia y que sólo está anclada en Dios. La esperanza es una actitud radicada en nuestro ser, pero solo alcanza la calidad de virtud cuando brota de una voluntariosa  y decidida elección. Sólo es virtud teologal cuando su sincera motivación ─palabra usada profusamente por los teólogos─ es la confianza filial en Dios que deriva de la fe en él.

Pero ¿es esta esperanza la que nos desean y la que deseamos a los demás? No sé, pero dejo la cosa en el aire. En muchos casos se trata de talante optimista de las personas que ven siempre el vaso lleno aunque solo lo está a la mitad, de quienes huyen de todo mal agüero, de las que practican una confianza irracional, de quienes buscan una salida voluntarista a cualquier dificultad, de quienes cargan su cuerpo de talismanes. Que está bien, pero esa esperanza a mí no me sacia. Es el consuelo etéreo ante el mal que se avecina y que carece de empeño y esfuerzo. Es lo único que quedó cuando Pandora abrió la caja prohibida de su esposo y escaparon todos los males menos la esperanza, que es lo último que se pierde en la vida.

La esperanza teologal es esperar en una roca firme: Dios infinitamente bueno y autor de todo bien. Quien espera en Dios nunca sale defraudado. De él tenemos una vida eterna, pero también una vida terrena que se nos da para nuestro bien y en la que nada malo nos sobreviene que esté fuera de la voluntad divina. Solo hay un sitio sin esperanza y es al que introduce el lema del frontispicio del infierno según Dante: Los que entráis aquí abandonad toda esperanza.

La confianza en un Dios infinitamente bueno y que nos concede la esperanza de una felicidad sin medida es lo que deseamos a todos  los seres humanos frente al desaliento  y el desfallecimiento en las circunstancias de la vida. Es la esperanza que intento trasmitir a todos los que pasan un mal momento y es la que deseo para ellos y para mí cuando me llegan momentos de angustia y zozobra cuando se nos cierran todas las puertas. Porque sobre el deseo de que esta epidemia acabe inmediatamente  y no haya más sufrimientos en la vida, soy más bien pesimista. Solo la esperanza que está anclada en Dios es la que preserva del egoísmo y se abre a la caridad para con los demás.

Durante este proceso angustioso  que estamos pasando con tanto dolor nos recomendamos continuamente una esperanza. Pero en qué se funda esa esperanza con la que todos nos alentamos, me permito pensar que no es el ingenuo optimismo sino la fuerza que Dios inculca en nuestros corazones para hacer nuestra lo que es su voluntad.

Ir al artículo

10
Jul
2020
Ingreso mínimo vital. Tarde, pero, al fin, bien
0 comentarios

  

Albricias. Ya se ha aprobado algo que todos deseamos. Se aprobó el Ingreso Mínimo Vital. Echa a andar algo que todos anhelábamos. Algo reclamado por todo humano y, por supuesto, también por Caritas. 850.000 hogares, 2.300.000 personas. Vaya si es de interés general. ¡Cuántas ocultas necesidades había que solucionar! Familias sin recursos, condenadas a vivir de limosna, confinadas en reducidísimos espacios vitales y sin poder pagar los servicios más necesarios para subsistir y arrojados de su vivienda por impago. Y sin perspectiva de solución laboral para trabajadores en tiempos de epidemia. Es compatible con otras ayudas sociales o ingresos que no lleguen al umbral mínimo. La ayuda es por familia, aunque sea de un solo miembro pero no afecta a inmigrantes irregulares.  

Bien, son más casos de letra pequeña. Era algo anhelado por la mayoría de la población y promovido por Cáritas y muchas entidades sociales. Un aplauso. Ya habrá tiempo de discutir esa letra pequeña y lo harán los entendidos; lo dejo en manos de los políticos, que para ello les pagamos. Pero debiera afectar a todas las familias e incidir en quien está al frente de ella, de cualquier condición que sea. Como dijo Juan XXIII: “es de justicia un salario único dado al cabeza de familia que sea suficiente para las necesidades de él y su familia” y del que, sugieren muchos, “no han de quedar fuera tampoco los inmigrantes irregulares”. Hay muchos casos concretos que no entran en la ley.

La solidaridad y arrimar el hombro es ley para todos los humanos Algo inherente a la condición humana. Y ello deriva singularmente de que todos tenemos un único Padre y Creador. Esa es la voluntad de Dios y quien la secunda ya ha encontrado a Dios. También buscar a Dios requiere tener solventadas las necesidades mínimas vitales.

Ir al artículo

1
Jul
2020
¡No puedo respirar!
0 comentarios

 

Este grito final del afroamericano George Floyd, torturado y asesinado por la fuerza pública, es todo un clamor de justicia universal frente a la sociedad. Es contra el racismo, la xenofobia, la opresión de una sociedad de masas, el olvido la dignidad de cada persona. Hay que arrodillarse y pedir humildemente que se ponga remedio a todos los que se sienten ahogados por la destrucción ecológica que vicia el aire que respiramos, ante el egoísmo de muchos que impide a muchedumbres llevar una vida digna, ante el abandono de personas mayores que sofoca sus últimos años, ante el menosprecio de quienes tienen que huir de los muchos males de su patria querida, ante la insensatez de exponer a nuestros semejantes a la contaminación del covid 19, ante cualquier discriminación de raza, color de piel o religión. ¡Tantos millones  de seres que fallecen sin poder respirar!

¿Ante quién se arrodillan tantas personas? Creo que es una manera de buscar a Dios, pues muchos son ateos o agnósticos, pero buscan a alguien que es la justicia, al autor por igual de todos, la fuente de justicia, verdad y solidaridad entre los hombres. En una palabra, la explicación última de que todos somos iguales y formamos una familia de personas libres sólo puede ser Dios. Al arrodillarse como muchos hacen estamos reconociendo que todos formamos una familia, de que somos iguales y de que todos tenemos un mismo padre. A él lo invocan cuantos se arrodillan en cualquier sitio. Sí, arrodillarse es siempre una plegaria.

Ir al artículo

11
Mar
2020
TENGAMOS ALGUNAS COSAS CLARAS: DISTINGUIR LO LEGAL Y LO ÉTICO, LO CONFESIONAL Y LO CIVIL
0 comentarios

  

Hay que tener la valentía de plantear problemas éticos y humanos más acertados que lo hace la corrección política. A Dios no se le encuentra en las leyes civiles ni en los comportamientos insinuantes de la política estatal. Y eso sin negar lo  genuino del orden político y la paz de las sociedades.

Lo ético y lo religioso pasan ineludiblemente por la razón personal autónoma y por la libertad vivida por cada uno. Solo la religión libremente elegida es correcta y solo el acto moral libremente elegido es meritorio.  La rectitud moral tiene siempre el presupuesto de la responsabilidad personal y nunca se confunde con la pose ni con el diletantismo, ni menos con la simulación, embuste y engaño.

La salvación de Jesús, la única que tiene la garantía de Dios, no llega al mundo como masa de gesticulantes ni asambleas de vociferantes, sino de discípulos con nombre propio y unidades átomo de libertad. Las virtudes no están en las masas sino en la decisión de cada individuo y la adoración a Dios no es en actos protocolarios sino en la sencillez de cada corazón. Será siempre un interrogante que Dios plantea a cada humano y que es una dimensión ineludible, continua e inherente a lo humano aunque no hegemónica. Es de rango superior a todo lo legal, aunque a los políticos a veces solo les sirva para tener un pretexto  en sus demagógicas proclamas partidistas.

La ley civil tiene que tolerar males morales pues la vida civil  tiene que conocer que existen males morales que hay que tolerar pues nunca se les puede erradicar totalmente; el mal existe desde el comienzo de la vida y existirá hasta el final. Así es la realidad, guste o no guste y lo es desde Adán hasta hoy. No se puede imponer coactivamente la virtud moral. Nunca y cuando se impone coactivamente deja de ser virtuosa.

En las sociedades religiosas −todavía existen algunas en nuestro mundo− se podía legislar en un horizonte religioso. Recuérdese el caso de Sto. Tomás aceptando por diversos motivos la tolerancia de la prostitución. Pero nuestra Europa ha dejado de serlo hace tiempo. Hoy tenemos que esforzarnos y luchar por una legislación racional  y de ética universal; no por una legislación confesional y menos eclesial. Las contemporizaciones políticas no son el terreno del reino de Dios.

El paradigma de lo que entendemos por estado, la nación, la ley, el orden jurídico, la democracia y la justicia se ha elaborado en la sociedad occidental sin dependencia de dogmas religiosos. Son constructos de la sociedad civil; no dogmas confesionales.

Por eso en nuestro mundo sería una aberración imponer la fe usando la autoridad política o el prestigio civil. En el mundo moderno no hay otro camino que el diálogo y el acuerdo; en esta sociedad la misión de la Iglesia pasa ineludiblemente por el diálogo y entendimiento entre dos o más posturas diferentes. A este diálogo le han dedicado los últimos pontífices abundantes reflexiones. Es el camino a recorrer para la difusión de la fe. Dice el Papa Francisco: “La evangelización implica el camino del diálogo. Para la Iglesia en este tiempo hay tres campos de diálogo en los cuales debe estar presente: diálogo con los estados, diálogo con la sociedad y con otros creyentes que no forman parte de la  Iglesia católica…. Es hora de saber cómo diseñar, en una cultura que privilegie el diálogo como forma de encuentro, la búsqueda de consensos y acuerdos, pero sin separarla de la preocupación por una sociedad justa, memoriosa y sin exclusiones.” (Evangelii gaudium, n. 238s).

Ir al artículo

7
Feb
2020
Habló el buey y dijo mu
0 comentarios

  

Todos los días escuchamos las opiniones más extrañas y peregrinas de quienes pertenecen a la chismografía de los medios de comunicación social. Opiniones extravagantes e insólitas hasta el extremo. Pues no perdamos un instante de nuestra vida en considerarlas, pues vienen de quienes menos valoramos y no creo que estar recogidas por los MCS las revalorice. De hecho, todos nos enfrentamos a la vida y escucha de los demás con un criterio, con una postura, con un prejuicio que nos hace relegar multitud de cosas que oímos pero a las que no concedemos importancia; prescindimos de ellas sin más.

Eso significa que en nuestra educación y a lo largo de la vida nos hemos ido formando un sistema de ideas, sentidos y valores que integran la trama de nuestra personalidad. Por ello damos valor a lo que lo tiene y desechamos todo lo que es improcedente, baldío y sin sentido o tenemos como tal. Y eso es la educación permanente en nuestra vida. Formamos nuestra persona a lo largo de la vida.

Y pienso que eso es también una madurez espiritual; sí, vamos madurando espiritualmente a lo largo de nuestra vida. Y así es como nos vamos forrando del antídoto que nos permita desechar tantas insensateces como tenemos que oír todos los días a nuestro alrededor o tantos comportamientos que nunca imitaríamos. La autoeducación es una defensa contra tanto sinsentido como tenemos que sufrir en la vida. Porque la vida, que tiene momentos maravillosos y cosas dignísimas, tiene también cosas insufribles y desechables.

No esperemos cada día al salvador de nuestra existencia ni obtener el remedio puntilloso para toda clase de males sociales, físicos o psíquicos. Nadie da más de lo que tiene.

Y pienso que el encuentro con Dios muchas veces sucede en medio de tantas estulticias como hay que oír a diario, el hallazgo de esta joya acontece en medio de mucho barro. Hay que “estar a la escucha” en medio de tanto ruido vano e insensato y saber responder como se merece la llamada de Dios. No ser como el buey de la fábula que, llamado a sentenciar quién cantaba mejor, si el ruiseñor o el canario, solo supo responder con el acostumbrado y estulto: mu.

Ir al artículo

27
Ene
2020
LA IGLESIA NO ES UNA JAULA DEL ESPÍRITU SANTO
0 comentarios

  

Hay un modo de expresar la salvación universal de Dios acaparando y privatizando el don gratuito de Dios. Sería  pensar que la Iglesia no sólo es la servidora del Espíritu sino que también es la depositaria  y acaparadora  del Espíritu. La Iglesia o sus ministros tendrían la exclusiva del Espíritu. Eso es un modo reducido de entender el reino de Dios que es reino para todos y de todos los que profesan fe en un Dios misericordioso y salvador de todos los hombres. En este reino se ingresa, no por la sangre azul, sino por el sentimiento de nuestra dependencia para quien nos creó y salvó. Y son muchos los que así piensan fuera de la Iglesia.

La dependencia de Dios se detecta ante todo en la disposición a escuchar y secundar cuanto el Espíritu sugiere en nosotros. Un Espíritu libre y que sopla donde sus divinos designios determinan y no en aquellos espacios reducidos y delimitados por nuestros gustos, prejuicios o capillismos siempre sectarios. En todas partes y a todos los hombres, independientemente de su cultura o de su raza.

Los seres humanos hemos construido jaulas reducidas para nuestros gustos, intereses o prejuicios en los que intentamos encerrar la libertad omnímoda de Dios para realizar su propósito de salvar las personas. Solo se salvarían los que nosotros les concedemos el pase o los que tienen nuestra tarjeta de miembros de la sociedad eclesiástica. Al contrario, solo en los corazones abiertos a Dios se realiza la empresa que Dios quiere para nosotros; no en las cavernas o jaulas en las que pretendemos encerrar la inefable e inesperada acción divina.  Es alzarse con la identidad divina quien no es más que humilde servidor de Dios.

Y es que hay quien se empeña en convertir la acción divina en un esfuerzo en hacer capillas o madrigueras de reserva de la salvación.

“La Iglesia no es una jaula del Espíritu Santo”, decía una vez el Papa Francisco. ¡Qué razón!

Ir al artículo

Posteriores Anteriores