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Blog Buscando a Dios

Antonio Osuna Fernández-Largo O.P.

de Antonio Osuna Fernández-Largo O.P.
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6
May
2021
El intríngulis de la sinodalidad
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Parece que una de las vías recién abiertas a nuestro quehacer como cristianos es la sinodalidad. ¿Y no sabíamos eso? Pues sí,  nuestra contribución a las obras de caridad de la Iglesia, nuestra colaboración en las obras de la parroquia o nuestra pequeña contribución a las obras misionales pontificias son obras de sinodalidad. La única condición es ser obras de los bautizados y tratarse de obras solidarias y fraternales abiertas a todos los que comparten nuestra fe y caridad.

Las obras de solidaridad no son solo competencia de obispos y curas sino de la totalidad de los fieles en su condición de tales y llevan siempre el marchamo de lo público y eclesial. Lo solidario, lo hecho en fraternidad y cumplimiento del mandato misionero de Cristo. Si, por el contrario, nos aislamos y creemos que solo los que tienen autoridad son los responsables del mandato testimonial de Cristo… volvemos a las de siempre. Eso no, por ahí no.

He sido muchos años profesor de estos temas teológicos, pero reconozco que nunca usé este vocablo. ¿Cómo es posible? Pues porque tampoco los usaban la máxima autoridad de la Iglesia ni el común de los teólogos. Pero ahora es el mismo Papa quien me empuja a ello y nos dice que sinodalidad es una nota de la verdadera Iglesia. Ni siquiera el Vaticano II la usa, quien sí usó mucho el vocablo la colegialidad como uno de sus temas estrella del concilio. Pero la colegialidad es una nota del poder y autoridad de la Iglesia. Y ahora no se trata de la autoridad vertical sino de la operación de toda la iglesia en su conjunto, del sensus fidei de todos los cristianos, de la obra común de testimonio y acción de toda la Iglesia. Es un modo de proceder que define lo eclesial como tal, la condición sagrada de todos los fieles que involucra a todos y cualifica lo genuino de su actividad. Es una dimensión constitutiva de la eclesialidad y no del gobierno dentro de la Iglesia. La colegialidad no es más que una característica de la vida interna del poder dentro de  la Iglesia; no una descripción de lo eclesial. El Papa la definió: “una iglesia sinodal es una iglesia a la escucha… Es una escucha recíproca en la que cada uno tiene algo que aprender” (Discurso del 50 aniversario de la institución del sínodo de los obispos. 17 octubre 2015). Es la escucha del espíritu por parte de todas las iglesias y todos los bautizados. Es poner el punto de mira en una renovada eclesialidad sinodal. Y nos aleja del triunfalismo, autoritarismo y clericalismo en que tantas veces se ha movido la acción de la Iglesia que así aparecía y era en realidad una acción de una sociedad desigual y jerarquizada y no de una sociedad fraterna. Es fruto de una noción del pueblo de Dios que de éste sí que hablé mucho en mis enseñanzas. Todo y ante todo somos fieles, antes que cualquier otro rango advenedizo y temporal o cualquier carisma. Lo uno es lo que somos, lo otro es el servicio temporal que desempeñamos; lo uno es permanente y definitivo, lo otro es temporal y adventicio y con jubilación. Así se prioriza la comunión antes que la diferenciación, la responsabilidad antes que la categoría pasajera con que se realiza esa responsabilidad, el sacerdocio común antes que el sacerdocio ministerial, la inerrancia de la totalidad del pueblo de Dios antes que la infalibilidad de una persona concreta.

Cuando se trata de buscar a Dios, hay que entenderlo ante todo como una obra solidaria de todos los fieles. Por supuesto, que todos los seres humanos de cualquier condición, rango, nacionalidad o credo pueden buscar a Dios y hallarlo en lo íntimo de su ser, pero si hablamos de una búsqueda  comunitaria, es una obra solidaria y virtual de todos los bautizados para la cual han sido destinados en el bautismo y movidos por la fuerza del Espíritu en su  Iglesia. Y hay la obligación de buscar la convivencia, participación y las decisiones en solidaridad de toda la congregación. Así como las discusiones y diferencias deben solventarse como fruto del sensus fidelium. Esa es la colegialidad sinodal que ha promovido al Papa Francisco. Todo discernimiento y elaboración de decisiones debe ir precedido por una eclesialidad sinodal. Por eso el Papa dice en su discurso citado con motivo del 50 aniversario del Sínodo de los Obispos: “La sinodalidad es el camino que Dios espera de la iglesia del tercer milenio” (17 octubre 2015). Hay que seguir reflexionando sobre esta nueva nota de de la eclesialidad en los tiempos actuales. Como dijo la Comisión Teológica Internacional: “toda la comunidad, en la libre y rica diversidad de sus miembros, es convocada para orar, escuchar, analizar, dialogar, discernir y aconsejar para las decisiones pastorales más conformes a la voluntad de Dios” (La sinodalidad en la vida y en la misión de la Iglesia. 2 marzo 2018, n. 68).

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16
Abr
2021
A Dios no se le busca haciendo añicos su obra. A propósito de la eutanasia
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Matar a alguien, aunque sea contando con su consentimiento y petición, no es una manera aceptable de buscar a Dios. Es erigir en norma de conducta el dominio de unos sobre otros cuando somos todos iguales en la condición humana. Y es destruir el don primero de Dios que es gozar una vida terrena.

La ley universal de comportamiento racional es la igualdad de todos los seres humanos, que nadie dispone de la vida de los demás. Los derechos humanos parten de esta evidencia moral. Y ahora, por obra de un grupito de personajes públicos, por primera vez se legisla desde las altas esferas del poder político que uno dispone lícitamente de la vida de los demás. Se acepta disponer de la vida de otros y ser alabado por ello. Y se hace ignorando el Consejo de Estado y sin oír el Comité de Bioética que es una criatura del mismo órgano legislativo.

Hasta ahora se pensaba que las enfermedades o sufrimientos físicos podían ser incurables pero incurables no se confunde con incuidables o aniquilables, pues ahora se erige en principio que lo incurable legitima la muerte inferida. El remedio contra el dolor  y la soledad no puede ser la muerte, como el remedio contra las dificultades de la vida no es destruir la vida ni una dificultad justifica un abandono. Se intenta atajar el dolor prescindiendo de la persona que lo sufre y no poniendo todos los remedios posibles.

Es lo que pensamos cuando nos hemos enterado que el día Internacional de la Vida (25 marzo), paradójicamente, el supremo órgano legislativo español aprobaba la ley que aceptaba poder matar  a quien sufría gravemente si lo postulaba él mismo. Con ello se alteraba profundamente la vocación médica que siempre había defendido que “el médico nunca provocará intencionalmente la muerte de ningún paciente ni siquiera en caso de petición expresa por parte de éste” (código ético de la Organización Médica Española). El médico deja de ser un salvador de la vida para convertirse en un ejecutor de la muerte solicitada. En vez de consuelo, esperanza y alivio se practica la muerte al que sufre y lo pide expresamente. Se provoca una muerte para solucionar un problema en vez de buscar  las técnicas y apoyos de la ciencia médica para aliviar la situación. En adelante y según la voluntad de nuestros representantes políticos, la ejecución de la muerte en casos de gran sufrimiento y, a petición del enfermo o de sus allegados si está incapacitado, se incluirá en la cartera básica del Sistema Nacional de Salud aplicable a todo asegurado. La nueva normativa entrará en vigor en el término de tres meses.

 La Asociación Médica Mundial  afirma que “la eutanasia está en conflicto con los principios éticos fundamentales de la práctica médica”. Causa admiración que en las Cortes Españolas se aplaudiera una ley que atenta la promoción y amparo de la vida humana. Con ello no se aliviaba a los enfermos sino solo se daba satisfacción a los propios votantes autodenominados progresistas.

España pasaba a ser el séptimo país del mundo que legaliza el suicidio asistido  y lo declara un derecho del individuo. No se trata aquí de defender la moral católica  y  aferrarse a ella sino de amparar los derechos inalienables de la vida de los individuos y darles cauce por una profesión médica que debiera estar dedicada a protegerlos y ampararlos.

Mientras tanto se estima que 80.000 personas mueren al año en España sin cuidados paliativos. Esto es lo que habría que legislar ante todo. Ese es el sufrimiento que hay que aliviar y que debería legislarse urgentemente.

Hay un principio que urge legislar que es tener derecho a los avances científicos y médicos para aliviar el dolor. Eso es a lo que todos tenemos derecho: aprovecharnos de los avances de la ciencia para aliviar el dolor y participar en ello. Son los cuidados paliativos que hoy han progresado tanto  y de los que todos deberíamos aprovecharnos. Es la Seguridad Paliativa de la que todos debemos disfrutar, de cualquier clase y condición que seamos. Y ese derecho no tiene amparo en la legislación de nuestro país. ¿No era eso de lo que debieran preocuparse las autoridades políticas? 

No se puede defender que encontraremos a Dios si estamos destruyendo su mejor obra artística que es la creación de la vida humana, ni siquiera que a Dios se le pueda buscar fuera del taller donde nace su más perfecta obra que es la vida humana.

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13
Abr
2021
Levantar vallas en vez de allanar el camino a Dios
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La actuación íntima de Dios en cada uno es algo imprevisible y no admite recetas. Nosotros, en cambio, tratamos de fijar un protocolo a la actuación imprevisible de Dios y reducir a recetas la providencia inédita de Dios. La solución no es dar con la oración infalible o el santo devocional que obtiene todo lo que se le pide, sino disponer el corazón con humildad y sencillez a la acción imprevisible y gratuita de Dios. Dios nos espera en el afán ordinario de cada día pero hecho con limpieza de corazón y buena voluntad para los que están a nuestro alrededor; lo que está en nuestras manos, en una palabra.

Somos nosotros quienes ponemos murallas a Dios, y ponemos puertas en el campo de la acción imprevisible de Dios, pues él nos está buscando en cualquier vericueto del acontecer diario donde nos refugiamos. Dios está en las rutinas, en el trabajo cansino, en las relaciones ordinarias con los demás y en el quehacer anodino de nuestra existencia.

Dios misericordioso, compasivo, inclinado y solícito por nosotros cuando le buscamos y desbrozamos los caminos que conducen a él, siempre acercando las personas que fueron su solicitud mientras estuvo en este mundo: los necesitados, los enfermos, los incomprendidos, los desahuciados en el mundo y los que no tuvieron suerte en la lotería de la vida. En cambio, la enemistad, la difamación, el odio, las contiendas, las guerras levantan murallas infranqueables para el encuentro con Dios y construyen vallas aislantes y entorpecedoras del encuentro con Dios. Lo que es injusticia y desamor son siempre muros de vergüenza que blindan el aislamiento de Dios.

A Dios nadie le conoce ni penetra su voluntad, pero sí lo podemos encontrar en los caminos variopintos de nuestra existencia; no empeñarse en explicar los interrogantes de su gobierno del mundo pero sí señalar que el mundo es sostenido por él y que nada se mueve en el mundo fuera del alcance de Dios.

 La búsqueda de Dios no es una obra de detectives ni de investigadores de la ciencia o el saber sino de quienes cumplen diariamente con sus trabajos y viven en justicia y amor con sus semejantes. Así de sencillo y asequible a todos. Para eso nos ha puesto Dios en el mundo y nos sigue ayudando en silencio.

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18
Mar
2021
Gracias por la noticia leída. Devuelve la fe en la humanidad
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Hace días leí una noticia que me impresionó y me sigue haciendo mella. Una religiosa, Ann Nu Thawng, de la congregación de S. Francisco Javier, en Myanmar, había conseguido de un pelotón de policías bien armados que dejasen de tirotear  a unos manifestantes indefensos y evitar casi seguro muchas muertes como ya había sucedido otras veces. La religiosa indefensa se arrodilló  ante la policía y suplicó no pasar a repeler y castigar los manifestantes entre los que había niños, lo que podía haber sido una tragedia incalculable. La religiosa de 45 años no tenía otra defensa que su humilde hábito y su postura arrodillada rogando. Una acción increíble de valentía y de confianza en la fuerza del testimonio y el coraje ante lo que parece irremediable. Como dijo el cardenal Charles Bo que divulgó la noticia: “unos cien manifestantes pudieron escapar de la policía gracias a las súplicas de la monja”.

Es conocido el clima de protestas y manifestaciones de la población del antiguo reino de Birmania ante un golpe de estado de los militares al régimen democrático de la presidenta Aung San Suu Kyi con el subterfugio de haber llegado al poder por fraude electoral.

La escena fue difundida por unas fotografías de la religiosa arrodillada y, sobre todo, por el respaldo del cardenal Charles Bo y del director del diario católico Gloria News Journal que ampliaba la noticia de la acción heroica de la religiosa, partícipe de la situación de intranquilidad que se vive en aquella nación, pues, según datos de la ONU, alguna jornada de protesta ante los golpistas se ha cerrado con muchos muertos y numerosos heridos. La religiosa ha reconocido después: “No tenía miedo. Les supliqué que no dispararan, que en lugar de ello me mataran a mí. Levanté las manos en señal de perdón”. Ese mismo día allí fueron abatidos tres manifestantes en las calles de la ciudad de Mytkyna. La religiosa Twang dirige una clínica en la ciudad donde unas horas antes “escuché fuertes disparos y vi que la cabeza de un niño había explotado y había un río de sangre en la calle y nuestra misma clínica se convirtió en un mar de sangre”, dijo. Su actitud después fue aplaudida en las redes sociales del país, mayoritariamente budista.

Hoy la hermana Ann es un modelo para líderes religiosos y hombres y mujeres de paz en muchos otros lugares de la tierra donde la represión y la arbitrariedad social se vuelven insoportables para el ciudadano ordinario y solo deseoso de vivir en paz y poder trabajar con tranquilidad.

Cuando leemos hechos similares en los primeros tiempos del cristianismo siempre nos queda la duda de si están un poco abultados los acontecimientos de santas y personas nobles sencillas que intentaron levantarse contra la tiranía y el despotismo de los poderosos. Y sospechamos que quizá haya algo de exageración en esos relatos o de idealización retórica de los hechos pues no hay pruebas fehacientes e históricas. Y eso engendra un cierto escepticismo ante esas noticias. Pues en este caso sí hay pruebas de una acción en que la voluntad pacífica de una persona singular sin relieve social cambia el orden de las cosas cuando la impulsa la voluntad firme de defender al inocente. Es el triunfo de la voluntad pacífica frente a todo el poder represor con que cuenta un estado moderno máxime si es si es militar.

Pues efectivamente doy gracias a Dios por ser testigo ‘digital’ del triunfo de la voluntad virtuosa y de paz y bienestar para los demás sobre el poder armamentístico de un estado moderno y la represión organizada por mentes dictatoriales y opresoras del débil.

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9
Mar
2021
Dios juega al escondite. Los escondites de lo divino
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No hay lugares donde Dios se esconda y oculte (santuarios, conventos, ermitas), sino corazones donde al enfrentarse a solas con uno mismo nos damos cuenta de nuestras limitaciones y dependencias, de que no somos el centro del universo en una palabra. Y convivencia con los demás, a los que ayudamos y nos ayudan. Ahí es donde se da siempre con Dios. Porque a Dios se le encuentra siempre al lado del que sufre, del que es objeto de menosprecio, del frustrado, del indigente. Como al médico, lo encontramos siempre donde está el enfermo y no en las orgías. Para eso vino a este mundo Jesús que es la única presencia cierta de Dios en el mundo: para remediar males corporales y espirituales.

Ver el rostro es como asegurarse del encuentro, del ver cara a cara, de conocer la singularidad de cada uno y no por habladurías. Por eso en el que sufre está el rostro de Dios y nuestro deseo es alcanzar ese rostro: “no me arrojes lejos de tu rostro” (Sal 50, 13). Pero en cambio en nuestros días el rostro se ha manipulado tanto que ya no es el rostro de Dios sino la máscara prefabricada por nosotros y que oculta el verdadero rostro de Dios. Ya no es un Dios-con-nosotros, que se ofrece sin imponerse, que nos da la gracia de vivir como seres humanos, cercano a los que sufren y tolerante con todos los corazones.

Los analistas demuestran el descenso general de la práctica religiosa y, entre los que se confiesan creyentes, aumentan los que viven alejados de los actos litúrgicos. En nuestra sociedad cada vez practica la confesión menos gente, cada vez hay menos bautizos al principio de la vida, cada vez más matrimonios de duración temporal, además de crecer exponencialmente el número de divorciados casados por la Iglesia, cada vez se practica menos el sacramento de enfermos. Se tiene la impresión que el rostro de Dios se ha ocultado y escabullido. Por eso una oración muy actual es la que suplica: “Dios, no me ocultes tu rostro” (Sal 27,8). Y ese ocultamiento es tanto más de lamentar cuando vivimos en tiempos en que la técnica nos ofrece poder dar con el rostro de cualquier ser humano on line con solo un movimiento digital o comunicarse con cualquiera en redes. En cambio ¡son tantos los que nunca han visto el rostro de Dios ni se han comunicado con él!

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23
Feb
2021
Atufa tanto griterío sin nada que lo respalde. Bajen los decibelios por favor. Y sonrían aunque no les fotografíen para el periódico
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Poner a Dios en el centro de nuestros proyectos humanos es tarea capital de nuestra existencia y eso se traduce en vivir en paz y alegría con los demás. Ser religioso  es favorecer la amistad y convivencia con todos.

Ocurre que en el presente los productos del mercado se anuncian a bombo y platillo; todos ellos prometen una satisfacción completa y nos repiten que adquiriendo uno de sus cachivaches se obtiene la felicidad y si, además te haces adicto a ella o te suscribes por un año, ya rozas con el paraíso. Los pregoneros del pueblo han sido sustituidos por las primeras páginas de los diarios. La propaganda pública son pequeñas dosis de exquisitos manjares que nos aportarán felicidad pero nos dejan siempre tirados en la estacada e insatisfechos de lo que se nos prometía. Y es que, en verdad y brevemente, a Dios no se le encuentra por poseer esos utensilios mercantiles o en manifestaciones multitudinarias; lo que hace ruido en una palabra pero no aporta nada convincente.

El encuentro con Dios acontece sólo en el individuo, como la gracia de Dios que es siempre eminentemente personal e intransferible, aunque afecte a grupos o a todos los seres humanos. Orientar nuestra vida religiosa es tarea fundamental y personal; lo demás son baratijas o calderilla de nuestra existencia.

Y el encuentro con Dios acontece siempre en el silencio, en la intimidad, lejos de la publicidad y el famaseo. Es cosa del corazón, del sentimiento experimentado de dependencia y no de gritos en festejos ni algaradas con altos decibelios ni de forofos ni de chisgarabís.

Es cierto que a Dios se le encuentra en la sinceridad de una sonrisa o en el compartir una pequeña alegría de la vida. Alegrar la vida de los demás puede ser un medio de acercarse al Dios que se manifestará como alegría de los humanos: “Los redimidos volverán y habrá alegría eterna sobre sus cabezas” (Is 35,10), se promete en la Biblia. Hacer sonreír puede ser una notoria obra de caridad para con el prójimo. Alguna vez oí que sonreír no cuesta nada y es hacer felices a los demás. Una sonrisa hace  ricos a los que la reciben y no cuesta nada a quien colabora en ello; es una donación que hace ricos a los demás sin empobrecer a quien la hace. En un instante se mejora la condición de los demás, pues se lleva la tranquilidad al dolorido  y la paz al intranquilo. Demos esa satisfacción que no cuesta nada y remedia muchas necesidades de quienes están afectados, doloridos, insatisfechos o  amargados por vicisitudes de la vida; en una palabra, obra excelente de caridad. Nadie tiene más necesidad de la sonrisa que aquel que está amargado en su situación.

Los santos fueron capaces de crear en su entorno humano  tranquilidad, paz y sosiego con su sonrisa a flor de labios pues se cumplía lo profetizado por Isaías: “Voy a transformar a Jerusalén en alegría y a su población en gozo” (Is 65,18). Sto. Tomás Moro dijo en una oración: “Concédeme, oh Dios, la salud del cuerpo y el buen humor que brota de esa salud”.  Y es que el creyente, aún sin ver a Dios, ya en este mundo “está alegre con un gozo indecible y glorioso” (I Pe 1,8).

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12
Feb
2021
El moderno ateísmo ¿busca a Dios?
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El secularismo, relativismo, sectarismo y la indiferencia religiosa son caldo de cultivo para una evangelización moderna que prescinde de los ingredientes culturales de otras épocas, gloriosas o no, confesionales o no.

Hay que estar atentos a esas nuevas formas de ateísmo que son muy variantes y escurridizas. Todavía en el Vaticano II estaba muy presente lo que se llamaba el ateísmo militante, que es un ateísmo que huele a confrontación, a guerra y duelo entre religiosos y ateos y a establecer bloques entre la humanidad. Pero ocurre que a ese ateísmo sucedió otro de tipo científico y empírico: solo es verdad lo que puede medirse, formularse en tesis científicas o comprobarse en números y cantidades. También ha ido cediendo ese ateísmo que enarbolaba siempre las tesis del origen evolutivo de lo humano o la historia sin fondo de lo humano frente al relato de paraíso terrenal.

Percibo y no creo estar equivocado que el ateísmo de nuestros días más bien procede de una revalorización y exaltación de todo lo humano y la suposición de un Dios como proyección del ideal de lo humano sublimado. Dios sería un sueño de la humanidad y la explicitación de las posibilidades humanas con suma progresía. Hoy se imaginan que Dios es un futuro dominio de la técnica y la invención donde se resolverían todos los problemas de la humanidad. Si los cristianos creemos que el hombre es un ser creado a imagen y semejanza de Dios, los ateos piensan más bien que Dios es un ser creado a imagen y semejanza del hombre que será en el futuro. Dios estaría al final de la carrera buscando la solución a todos los temas científicos o sanitarios que hoy nos atormentan. Dios sería una definición del hombre futuro y dueño de la tierra. Pero en modo alguno un Padre bondadoso que nos busca y nos ama y está en el origen de todo lo creado, como pensamos los fieles. Dios sería la moneda de cambio en un mundo plenamente laicista.

El mundo globalizado en que vivimos es progresivamente pagano, relativista y materialista. No es tan agresivo con el cristianismo como en otras épocas, pues en su mayoría ha dejado de odiar la fe y pasa simplemente a ignorarla o juzgarla de nula relevancia para entender el mundo moderno y triunfar en él. Dios sería una leyenda de tiempos pasados, un cuento para una humanidad infantil.

Pienso, pues, que se impone una purga de nuestras ideas. Dios no está en un futuro idealizado ni un pasado glorioso de edades de oro de la humanidad (como a veces lo presentamos ingenuamente los cristianos), sino en la realidad fáctica del presente de la humanidad. Es admitir lo finito y lo infinito de la vida. No hay más que dos posibilidades: o el hombre es lo supremo de toda realidad y toda la realidad se acomoda a él o el hombre tiene un Ser Superior, plenariamente causa y dueño del hombre. Al igual que toda realidad ética presupone la existencia de algo que es superior (responsabilidad, conocimiento de sí mismo) o el hombre es dueño total y hace lo que le parece sin tener en cuanta a nadie. Creer en Dios es creer en alguien que es superior a nosotros y, por tanto, que no somos nosotros los dueños de toda realidad y ser ateo no es más que pensar que el ser humano es la suprema realidad y el dueño de todos sus destinos. Hay que sobrepasar las casi infinitas conceptualizaciones o categorizaciones de lo divino y  fijarse solo  en lo que es Dios para el ser humano: tener un creador, un autor de todo lo que es humano, un tribunal supremo, un ser del que depende todo lo humano, un salvador. Para reconocer a Dios hay que empezar reconociendo nuestras limitaciones. El primer dogma y origen de los demás es la creación, pues somos seres dependientes. Y el segundo, la salvación del hombre frustrado, pues somos seres deficientes. Todo lo que sea aceptar esta realidad superior es teísmo. Pensar, al contrario, que lo humano es  el origen y fuente de toda realidad y cada ser humano como autosuficiente y aislado es una forma nueva de ateísmo.

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1
Feb
2021
Somos remisos y torpes en la práctica de la quinta obra de misericordia espiritual
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La situación actual de la epidemia viral pone a muchísimas personas en carencia de consuelo. Son ciudadanos que han perdido a familiares y seres queridos, que son víctimas de sensibles pérdidas económicas hasta ponerlos en trance de pobreza, en la pérdida laboral del trabajo o en la situación de tener que emigrar para seguir subsistiendo. Son situaciones de personas que necesitan consuelo, la quinta obra de misericordia espiritual en la moral cristiana.

Todo el mundo necesita de consuelo. Tiene que trasmitir algo a los demás, que se le oiga y que le comprenda. Infinidad de personas están necesitadas de que les oiga en lo que sufren, de que se les entienda y de no sentirse solos en la lucha por salir de su situación. El que sufre necesita compartir su situación pues tiende a pensar que su situación no es comprendida ni conocida por nadie, Y esta actitud de acompañar al que sufre es el consuelo de su existencia. El consuelo es acompañamiento, solidaridad, comprensión y arrimar el hombre para aliviar la carga. Es lo que se intenta hacer cuando repetimos a quien ha sufrido la muerte de un ser querido: ‘Te acompaño en el sentimiento’, decimos balbucientes. Eso es sobrellevar, arrimar el hombro y añadir fuerza para soportar una carga y aliviarle. Es lo que necesita el abrumado por la carga, el que no puede soportar una situación irreparable o quien ha de enfrentarse con un destino irresoluble. El triste de la obra de misericordia necesita un acompañante que eche la mano para soportar la carga casi siempre abrumadora, tirando de la cuerda que transporta la carga. Esa es la misericordia: estar al lado soportando la carga aunque no se le ponga remedio. El triste y abatido tiene que contar lo que le sucede, narrar la que sufre, desahogar su ánimo, verbalizar su dolor, experimentar que no está solo en la vida aunque la cosa sea irreparable como sucede en la muerte o en las enfermedades graves.

Y no es fácil la práctica de la consolación. No valen las palabras huecas o fingidas ni responder que uno tiene otros males superiores, ni acudir a largas reflexiones estereotípicas pues cuando se está hundido en la tragedia no se aguantan sermones hueros o fingidos. Se trata solamente de estar ahí, de acompañar, de coparticipar en el duelo, de arrimar el hombro en una palabra, lo cual ya es un alivio para llevar la carga. Es lo que todos necesitamos cuando una situación grave atenaza nuestro espíritu. Es lo máximo que podemos hacer por los demás, ayudar a cargar con la dolencia. El consolar es lo propio de seres vulnerables y limitados en sus posibilidades pero que entregan todo lo que está en sus manos como personas, es el conllevar y condolerse con los demás. Y todo ello se puede hacer guardando silencio, aprendiendo a callar y ejerciendo gestos de cercanía y compañía y ofreciendo a quien sufre un pañuelo para descargar su dolor. Es lo más que podemos hacer por los demás ante lo irreparable, pero eso es también el único consuelo que todos los humanos agradecemos pues así se comparte y suaviza la carga.

Con el consuelo misericordioso seguro que acompañamos al ser doliente en la búsqueda de Dios, que se hará presente con una ayuda que ya no es la humana del ser misericordioso  sino la ayuda de quien puede liberarnos de los males con el consuelo gratuito de su gracia y su bondad. Porque Dios nos ha otorgado  el máximo consuelo de nuestra vidas: “en nosotros abunda el consuelo por Cristo” (2 Cor 1,5) y quien consuela a los demás va difundido el consuelo que Dios da.

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21
Ene
2021
El Espíritu de Dios sopla donde quiere pues no sabes de dónde viene ni adónde va
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Estamos viviendo un cambio de cultura y de situaciones nuevas en los caminos de Dios. Negarse a oír las sugerencias nuevas del Espíritu es tapar los oídos a la salvación sugerida por el Espíritu y un morir lento sin adaptarse a toda renovación del espíritu. El Espíritu de Dios es vida; no un baúl de nostalgias ni ritos miméticamente cumplidos ni fidelidad a lo ancestral. El presente tiene nuevos desafíos a los que hay que enfrentarse con  obediencia, discernirlos con lucidez sin nostalgias y con grandes dosis de paciencia en el Espíritu, que no ha cesado en su protección en ningún momento de la evolución de los tiempos. Vivir es cambiar, decía el Papa Francisco sobre esta misma actuación del Espíritu. Solo la muerte es quietud rígida y sin vuelta atrás.

 “El viento sopla hacia donde quiere: oyes su rumor, pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Así sucede con el que ha nacida del Espíritu” (Ju 3,8). Además, el Espíritu ha sido derramado “sobre toda carne” (Hch 2,17), y no sólo sobre el pueblo confesionalmente cristiano, como decía la profecía de Joel cumplida en Jesucristo. Lo cual significa que en todas las religiones y creencias hay quienes siguen las instrucciones del Espíritu. Así se confiesa que cualquier religión o creencia tiene algo que aportar al conocimiento o experiencia de Dios y que todas ellas contribuyen a la experiencia de Dios y son medios para rastrear a Dios. Las  creencias y rastreos de lo divino por los hombres  se abren a un contacto con lo divino porque están impulsados por el Espíritu de Dios. A Dios se le encuentra no solo en unos ejercicios espirituales bajo la dirección de un eminente director espiritual, sino también en la entrega sincera de una persona a lo que es justo y recto en la vida y en las faenas diarias cumplidas con rectitud y amor a los demás. Hay que confesar esta universalidad de la acción del Espíritu de Dios y no restringirla a situaciones singulares de la Iglesia.

Son muchos los modos como Dios se presencializa en los seres humanos pero todos ellos tienen en común que la pureza de corazón  y la sujeción a alguien que te es superior, de quien dependes y a quien te abres al ser un corazón proclive a la compasión de los demás. Ese mismo Espíritu es el que testifica a nuestros corazones que somos hijos de Dios y quien dice hijos dice también coherederos con Cristo y herederos de su reino (Rom 8, 15ss). Todos vamos por la misma senda y tropezamos con los mismos obstáculos. Y el camino es igual de largo para todo hijo de Dios.

No olvidemos que “el hecho  de creer en Dios y de adorarlo no garantiza vivir como a Dios le agrada…. La paradoja es que a veces, quienes dicen no creer, pueden vivir la voluntad de Dios mejor que los creyentes” (Fratelli tutti, n. 74). Franciscus dixit.   

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