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Blog Buscando a Dios

Antonio Osuna Fernández-Largo O.P.

de Antonio Osuna Fernández-Largo O.P.
Sobre el autor

19
Oct
2018

Historia de amor y dolor… para no olvidar. Impresionante.

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 Por casualidad cayó en mis manos la obra Mi hijo, mi maestro. Su autora es Isabel Gemio. No la conozco y sólo sé de ella lo que saben todos los españoles: es magnífica locutora de radio  e inigualable presentadora de series televisivas. Se trata del amor y dedicación a un hijo enfermo desde la más tierna edad. Enfermedad: Distrofia muscular.  En plata: pérdida progresiva del uso de músculos hasta la total inactividad. “Enfermedad cruel, despiadada de niños y niñas que nacen aparentemente sanos pero de forma paulatina les va quitando la libertad para jugar, correr, moverse, comer, abrazar, cepillarse los dientes, rascarse, acariciar” (p. 161). Espeluznante. Tragedia familiar. Enfermedad rara y sin curación posible. Para colmo, el diagnóstico llega cuando la madre está embarazada de otro hijo.

La madre: “me pregunto por qué los niños, los seres más puros e ingenuos, deben pasar por experiencias tan dolorosos e incomprensibles. Sigo buscando la respuesta” (p. 43). En una visita al colegio al que asistía: “conservo una imagen  de mi hijo sentado solo en una esquina del patio, viendo cómo los niños se divertían… y él excluido del coro de los niños afortunados” (p. 130).

“Cuando mi hijo se dio cuenta de que era diferente, incapaz de hacer lo que otros niños hacían, comenzó a abandonar el paraíso de la infancia. Ese día él se preguntó por qué a él, y como no lo comprendió, ni obtuvo respuesta, dejó de creer en Dios” (p. 46).

El dolor llega a su colmo por no poder tener ni siquiera los abrazos del hijo.  Los brazos del hijo no pueden alzarse para abrazar a su madre. “Sobre los once o doce años ya no conseguía subir los brazos para abrazarme. Entonces se los cogía y los ponía alrededor de mi cuello como una rebelión contra aquella maldita enfermedad que le iba arrebatando todo, hasta su forma de abrazarme” (p. 161).  ¿Hay dolor mayor que una madre solícita no pueda abrazar al hijo enfermo? Y no obstante “le digo a mi hijo que él es mi Buda personal, mi maestro, mi guía, mi ejemplo, mi luz”.

En medio de tanto dolor surge un rayo de luz inexplicable: “No hace mucho tiempo, estando solos los dos, volvimos a hablar de dioses y creencias…. Y como casi siempre, me dejó sin palabras. Dios es amor me dijo con la mayor naturalidad. Que mi hijo expresara algo tan profundo sin haber estudiado a los budistas o religión alguna, sin haber accedido a grandes debates sobre las necesidades espirituales del ser humano, me emocionaba” (p. 233). Su solícita madre a la que le decía esto no es creyente y se confiesa atea, según dice ella misma.

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