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Blog Buscando a Dios

Antonio Osuna Fernández-Largo O.P.

de Antonio Osuna Fernández-Largo O.P.
Sobre el autor

1
Feb
2021

Somos remisos y torpes en la práctica de la quinta obra de misericordia espiritual

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La situación actual de la epidemia viral pone a muchísimas personas en carencia de consuelo. Son ciudadanos que han perdido a familiares y seres queridos, que son víctimas de sensibles pérdidas económicas hasta ponerlos en trance de pobreza, en la pérdida laboral del trabajo o en la situación de tener que emigrar para seguir subsistiendo. Son situaciones de personas que necesitan consuelo, la quinta obra de misericordia espiritual en la moral cristiana.

Todo el mundo necesita de consuelo. Tiene que trasmitir algo a los demás, que se le oiga y que le comprenda. Infinidad de personas están necesitadas de que les oiga en lo que sufren, de que se les entienda y de no sentirse solos en la lucha por salir de su situación. El que sufre necesita compartir su situación pues tiende a pensar que su situación no es comprendida ni conocida por nadie, Y esta actitud de acompañar al que sufre es el consuelo de su existencia. El consuelo es acompañamiento, solidaridad, comprensión y arrimar el hombre para aliviar la carga. Es lo que se intenta hacer cuando repetimos a quien ha sufrido la muerte de un ser querido: ‘Te acompaño en el sentimiento’, decimos balbucientes. Eso es sobrellevar, arrimar el hombro y añadir fuerza para soportar una carga y aliviarle. Es lo que necesita el abrumado por la carga, el que no puede soportar una situación irreparable o quien ha de enfrentarse con un destino irresoluble. El triste de la obra de misericordia necesita un acompañante que eche la mano para soportar la carga casi siempre abrumadora, tirando de la cuerda que transporta la carga. Esa es la misericordia: estar al lado soportando la carga aunque no se le ponga remedio. El triste y abatido tiene que contar lo que le sucede, narrar la que sufre, desahogar su ánimo, verbalizar su dolor, experimentar que no está solo en la vida aunque la cosa sea irreparable como sucede en la muerte o en las enfermedades graves.

Y no es fácil la práctica de la consolación. No valen las palabras huecas o fingidas ni responder que uno tiene otros males superiores, ni acudir a largas reflexiones estereotípicas pues cuando se está hundido en la tragedia no se aguantan sermones hueros o fingidos. Se trata solamente de estar ahí, de acompañar, de coparticipar en el duelo, de arrimar el hombro en una palabra, lo cual ya es un alivio para llevar la carga. Es lo que todos necesitamos cuando una situación grave atenaza nuestro espíritu. Es lo máximo que podemos hacer por los demás, ayudar a cargar con la dolencia. El consolar es lo propio de seres vulnerables y limitados en sus posibilidades pero que entregan todo lo que está en sus manos como personas, es el conllevar y condolerse con los demás. Y todo ello se puede hacer guardando silencio, aprendiendo a callar y ejerciendo gestos de cercanía y compañía y ofreciendo a quien sufre un pañuelo para descargar su dolor. Es lo más que podemos hacer por los demás ante lo irreparable, pero eso es también el único consuelo que todos los humanos agradecemos pues así se comparte y suaviza la carga.

Con el consuelo misericordioso seguro que acompañamos al ser doliente en la búsqueda de Dios, que se hará presente con una ayuda que ya no es la humana del ser misericordioso  sino la ayuda de quien puede liberarnos de los males con el consuelo gratuito de su gracia y su bondad. Porque Dios nos ha otorgado  el máximo consuelo de nuestra vidas: “en nosotros abunda el consuelo por Cristo” (2 Cor 1,5) y quien consuela a los demás va difundido el consuelo que Dios da.

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