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Blog Buscando a Dios

Antonio Osuna Fernández-Largo O.P.

de Antonio Osuna Fernández-Largo O.P.
Sobre el autor

11
May
2022
Patente de corso en la navegación por la vida
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Vivir de espaldas al mundo en que se vive no es terreno apto para toparse con Dios. No tener en cuenta a los demás  en nuestro programa vital es renunciar a conocer a Dios, pues la imagen de Dios son las criaturas.  Dios nos destinó desde toda la eternidad a convivir con nuestros ciudadanos. Los demás desarrollan su vida en paridad con la nuestra y a igual distancia de Dios. Todos iniciamos la vida a igual distancia de Dios.

A veces planificamos el futuro como si fuéramos los únicos habitantes de la tierra. Los espíritus orgullosos, engreídos y perdonavidas no son terreno abonado para buscar a Dios.

Obviar la humildad en nuestro programa vital es prescindir  de todo lenguaje con lo divino. La humildad es el primer sentimiento que nos acerca a Dios pues es definición del encuentro con Dios. Sucede que quien se cree autosuficiente, el que presume de ser único y superior al resto, el que mira el mundo como terreno propio, quien se cree que todos existen para su servicio, ése no tiene condiciones idóneas para alcanzar a un ser superior que es dueño absoluto de nuestras vidas y al que hay que rendir cuentas de todas nuestras acciones. Es el único que por definición no tiene nadie mayor. Si pretendemos ser el principio del bien y del mal, ¿cómo vamos a admitir que hay alguien que está sobre nosotros y al que hay que rendir homenaje y reconocer su puesto único en nuestra existencia y principio absoluto del bien y del mal?

Los autores espirituales hablan con largueza del don de humildad como postura previa a todo acercamiento a Dios; hay  que vaciar el saco para el sentimiento de dependencia del Creador ocupe su lugar. A Dios se va siempre con el corazón vacío y sin adornos superfluos para ser llenados; de María, la más cercana Dios, celebramos que “porque ha mirado la humildad de su esclava, en adelante me felicitarán todas las generaciones” (LC 1,48).                                                         

Creo en un concepto de Dios que está por encima de cualquier religión y es fuerza y amor infinito. Lo llames como lo llames y aunque no sepas articular un discurso coherente sobre él, es importante ser consciente de que hay algo más grande que nosotros y que lo que vemos con nuestros ojos no agota la realidad. Eso es vivir la vida con humildad y no andar por la vida con patente de corso.

 

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29
Mar
2022
Dios no habla en el desierto ni a escondidas
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Solemos pensar que a Dios se le escucha solo en el retiro monacal o al final de prolongados ejercicios espirituales.  Dios está en todas partes y quien está en todas partes se manifiesta y habla en todas partes. La palabra divina resuena en cualquier rincón  humanitario y en variedad de tonos, pero los únicos que la perciben son los de corazón recto y humildad y logran sintonizar con ella.

Esta es una de las grandes verdades de la fe cristiana: Dios habla a todos. Olvidémonos de señalar en el mapa los países católicos o las estadísticas de los bautizados como únicos voceros de la palabra de Dios. El camino hacia Dios se puede transitar en infinidad de derroteros, pues es una respuesta a un  Dios que llama y cuyas voces suenan por doquier. Y olvidemos que hay un pueblo elegido, unos sacerdotes acaparadores de esa palabra, unas almas privilegiadas o un pasaporte de minorías. Lo dice la Escritura: “no hablé a escondidas ni en país tenebroso, no dije al linaje de Jacob: Buscadme en el vacío. Yo soy el Señor que dice lo que es justo y proclamo lo que es recto” (Is 45,19).

Por eso la única recomendación para todos es estar atentos a las llamadas de Dios. Cualquier persona humana y en cualquier situación que se encuentre. Solo hay dos elementos seguros: Dios habla a todos y cualquier persona puede escucharle en las situaciones más dispares. Y hay para ello un sacerdocio especial que puede ejercer cualquier persona: ayudar a percibir la llamada de Dios. Lo demás son excusas: que si el mal ejemplo de otros, que si hay presentaciones estereotipadas de lo divino, que si hemos divinizado un dios a nuestro gusto…

La enseñanza bíblica lo ha dejado claro: “No hay otro Dios fuera de mí. Dios justo y salvador no hay otro fuera de mí” (Is 45,21)

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11
Mar
2022
La paz es siempre fuente de bienes, por pequeños que sean; la guerra, al contrario, fuente de males y siempre grandes por cierto
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Hay cosas que la humanidad lleva siglos sin aprender: la guerra es un mal a evitar en absoluto. Ni siquiera el cristianismo lo ha madurado, a pesar del evangelio. Ha legitimado la guerra en muchas ocasiones; baste recordar los estragos de las Cruzadas o pensar en las actuales palabras edulcoradas del patriarca ortodoxo de Moscú y acompañante de actos públicos de Putin y defensor ambiguo de “la tierra rusa”.

Los teólogos antiguos –que eran realistas en grado sumo− decían que es condición de una guerra que se pretenda justa el que los bienes que logre sean superiores a los males que causa. Esto equivale a condenar toda guerra en nuestros tiempos y en nuestros lares. No es cierto que los antiguos defendieran la guerra justa sino que le ponían tales condiciones que la hacían inalcanzable en casi todos los casos. Ya está bien de seguir citando autoridades antiguas eclesiásticas sobre la guerra como si la guerra defensiva de ejércitos en lugares aislados de población en el siglo XVI fuera lo mismo que las guerras totales y de población civil indefensa de la actualidad.

 “La guerra es una locura. Parad, por favor”, exclamaba hace unos días el Papa. Sí, eso, locura de un ejército bien equipado matando impunemente a gente indefensa e inocente. No se trata de historias de hace siglos sino que lo estamos viendo y percibiendo en nuestro entorno. No estuvo acertado el Papa que al comenzar el siglo presente profetizó que el siglo XXI sería el siglo de la paz anhelada desde siglos. 

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17
Feb
2022
Ni quito ni pongo rey…
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Se da veces una imparcialidad hipócrita. Nuestras acciones, en efecto, no son nunca neutras. Hay que comprometerse. Vivimos en una sociedad orgánica donde nuestras acciones redundan, lo quieras o no, en el conjunto y nuestras decisiones repercuten en los demás. Pertenecemos a una sociedad: un estado, un pueblo, una familia o un clan que vive con nuestras pequeñas contribuciones. Y su importancia se construye con ayuda de esas pequeñas actuaciones.

Dios está también en los entresijos de esa realidad y todos los fenómenos de que vive la humanidad alteran la Providencia divina. Jesús no murió solo por unos pérfidos judíos sino por toda la humanidad donde el mal sobresale en grandes cantidades por doquier. Es toda la humanidad la que ha alterado la providencia divina y la encarnación se hizo no por los depravados del pueblo israelita –que supongo que los habría como en todo pueblo- sino por todos los hombres, de cualquier credo o confesión, de cualquier tiempo pasado o futuro, de cualquier raza y de cualquier condición. No cabe el subterfugio de yo no quería eso…, pero eso no existiría si no fuera por ti. Abunda en efecto la hipocresía en nuestras vidas.

No es legítimo ampararse en el mal comportamiento de los otros. Ni en la hipocresía de aparentar no tener falta, pues la muerte en la cruz ha afectado a todas las faltas: todos confesamos en verdad “por mi culpa”. Hay que asumir nuestra responsabilidad en el mal, no cabe refugiarse en ‘yo no pretendía eso….’, pero eso no existiría sin tu colaboración. Esa la individual, personal, la más anodina  justificación que hacemos porque otros lo hacen o porque mi señor me lo manda. No cabe escudarse en el mal comportamiento de los demás ni hay atenuantes por las circunstancias históricas. El mal del mundo está construido con pequeños detalles.

El mal del mundo está hecho de pequeñitos males, de actitudes hipócritas. Es lo que reconoció el asesino del rey legítimo cuando dijo: ‘Ni quito ni pongo rey, pero ayudo a mi señor’. Así el asesino del rey legítimo, Pedro I, justificaba su homicidio que puso en el trono de España a una dinastía bastarda  cual son los Trastamara.

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3
Feb
2022
Nos dan a veces la paz, pero no nos dejan vivir en paz
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Es difícil librarse de quienes nos asaetean constantemente con sus reclamos, sus pastillas para toda clase da males y sus recetas infalibles para todo tipo de dolencias. Son los bienhechores pródigos con medicinas para toda clase de enfermedades, sobre todo las del alma. Pero, al contrario, acompañar con la paz es estar al lado, empujar la carga, ocultar lo doloroso inexplicable, interponer el silencio cómplice, olvidar lo irremediable, perdonar con generosidad, hacer saltar una chispa de la esperanza en la absoluta oscuridad y poner una venda ocultadora donde ya no hay cura. Dar la paz es la expresión de un acompañamiento y no sacarse del bolsillo una receta prefabricada receta. Solo así se contribuye a sembrar la paz entre seres humanos.

Entre los que dan la fría paz  me refiero a los academicistas, liturgistas y fariseos de turno,  con su cadena interminable de preceptos, imaginando que Dios lo que quiere de nosotros es un ejército de personas perfectamente iguales y desfilando perfectamente uniformados y al unísono ante el sátrapa de turno que casi siempre son ellos mismos.  Son maestros del rigor y defensores inamovibles de rectitud en todos los detalles. Son fautores de soldados como los de terracota de Xi’an: todos iguales y del mismo material y según las mismas normas y perfectamente uniformados. Para ellos no hay otra paz que la de los cementerios, que continuamente nos desean pero no nos dejan vivir fuera de ella ni luchar por obtenerla en el día a día.

A Dios no se le encuentra en los desfiles uniformados ni el griterío ensordecedor de los campos de fútbol y sí en el cumplimiento minucioso de las obligaciones propias de cada uno y en el saber estar junto al necesitado de cualquier ayuda. A Dios no se le hace presente sacando una receta de la manga.

Empezar en la familia a llevarse bien con los demás, en el barrio o con los amigotes, en el lugar de trabajo, a estar atentos a sus necesidades y arrimar el hombro  en sus problemas; en una palabra, eso es construir la paz. Esa es la paz que desearía para mí.

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19
Ene
2022
DIOS NOS PASA SU TARJETA DE VISITA
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Nos ufanamos a veces de que somos los intermediarios de la presencia de Dios. Error graso. Es el mismo Dios quien se dirige a nosotros y nos busca con afán, aunque no lo sepamos. Nos pasa su tarjeta de visita: al crearnos, al redimirnos, al salvarnos, con la vida de que gozamos y con la gracia que nos sostiene. Solo espera de nosotros una cosa y es para la que nos ofrece su tarjeta de visita: que reconozcamos su amor y explicitemos la creencia en él y sepamos dónde reside.

Cuando oímos su voz es cuando desencadenamos en nosotros  la fe y esperanza en ese rostro de Dios. Es la referencia que se nos da la tarjeta de visita: “Oigo en mi corazón: Buscad mi rostro” (Sal 27,8). La única indicación en la tarjeta de visita es incitarnos a buscar su rostro. Y solo está en nosotros secundar esa insinuación y requerimiento: “Yo busco tu rostro, Señor, no me ocultes tu rostro, no apartes con ira a tu siervo, que tú eres mi auxilio; no me rechaces, no me abandones, Dios de mi salvación” (v.29).

Se consuma, pues, el encuentro cuando reconocemos nuestra dependencia de nuestro creador, cuando nos decidimos por el bien en nuestra vida, por la justicia para con todos y por la ayuda a quien nos necesita. Ahí está Dios de cualquier modo que le llamemos y en cualquier forma que hagamos patente este reconocimiento de que no somos el centro del universo y que tenemos una existencia y labor pendiente. Este es el número de los creyentes del universo, que no recoge ninguna estadística de religiones, nacionalidades o creencias. No hay estadísticas de los así buscadores de Dios. De ellos se dice: “Esta es la generación que busca al Señor, que busca tu rostro, el rostro del Dios de Jacob” (Salmo 23, 6). De ellos queremos formar parte.

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11
Ene
2022
LA FE VERDADERA TAMBIÉN HACE HISTORIA Y NO ES REPETICIÓN CANSINA DE ESTEREOTIPOS
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Nuestros problemas y nuestras experiencias religiosas son algo inédito en la historia de la humanidad. La historia del cristianismo llama a eso la historia de las conversiones. Sí, conversiones, cambios, marcha atrás en  la vida, un frenazo radical en nuestro proceso vital. Así ha ocurrido desde la conversión de los apóstoles hasta el último santo de nuestro tiempo. Las biografías tienen que contar con ello. Hay tantas biografías religiosas como creyentes y tantas formas de santidad como rostros humanos.

El encuentro con Dios ha sido muchas veces un caerse de un caballo o un frenar una vida disoluta o un cambiar por completo de ruta en la vida. Así es la vida de muchos fieles de antes y de ahora. Hay que aceptarlo como es. Encontrar a Dios en la vida no siempre es un proceso unívoco y bien planeado sino un sacudón  que paraliza el lento fluir de la vida.  Así ha sido la historia de muchos encontronazos con Dios. Y esto no se puede negar porque es historia real. Y ya decía  Ortega y Gasset que a un hecho histórico no lo fusila nadie.   

La experiencia de Dios se diversifica en cada persona, aunque Dios sea siempre lo inefable uno. No se trata de hacer memoria de lo que les pasó a otros en otro tiempo, pues Dios nos quiere en nuestra singularidad más estricta. Así es el amor que es irrepetible. Sí, no hay dos modos iguales de experimentar lo divino, aunque sean iguales la oración, las devociones  y los actos religiosos y la misma liturgia. Cuando experimentamos a Dios lo hacemos desde una perspectiva singular y única como somos únicos en la historia y ante Dios que nos ama precisamente en nuestra singularidad, en la idiosincrasia de nuestra ser. No hay memoria de nuestro caso, no le busquemos parecidos. Es como el agua que, aunque fluye siempre, es siempre distinta y por eso no tiene memoria y por ello es siempre  limpia, como decía Ramón Gómez de la Serna. La memoria nos inquieta, desazona y persigue. Nuestra dependencia de Dios será siempre algo inédito e irrepetible porque es fruto del amor divino y no hay dos enamoramientos iguales. No busquemos parecidos a nuestra historia de amor de Dios. Nuestra biografía religiosa es siempre distinta. Tosos tenemos una biografía religiosa distinta aunque no la escribamos.

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28
Oct
2021
El mejor y seguro asidero en la vida. La única esperanza que no falla
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Hace unos días leí una de esas noticas que nos hacen recobrar la fe en los seres humanos. Una misionera colombiana, Gloria Cecilia Narváez, religiosa franciscana de la Congregación María Inmaculada, había sido liberada de un secuestro en Malí, que duró cuatro años, ocho meses y dos días. Liberada el 9 de octubre. Secuestrada el 7 febrero 2017, cerca de Koutiala. El secuestro fue realizado por hombres yihadistas  vinculados a Al Qaeda, del cual la liberaron fuerzas gubernamentales de la presidencia de Malí que fueron quienes anunciaron su liberación.

Lo que me impresionó fue que cuando  estuvo liberada y le preguntaron  cómo puedo resistir   tan largo tiempo hasta ser liberada, respondió sencillamente: “Fue muy duro. Me aferré a Dios”.  Así, sin encomendarse a posibles liberaciones, a recuerdos del ánimo, a amistades singulares o a ilusiones humanas. Muy simple: echar el ancla en lo divino y sin ninguna veleidad o ilusión. ¡Pero qué grandioso! En esa situación todo nos empuja a polarizarnos o dejarnos llevar por la crispación. Nada de esperanzas humanas; lo único inamovible y de absoluta seguridad es Dios. Sujetarse, anclarse y agarrarse fuertemente a Dios es lo único firme: poner el ancla en Dios. Las esperanzas humanas se vuelven veleidades y efímeras; no hay nada firme sino es el anclaje en Dios. El es lo único seguro e inamovible en el devenir de la vida. Ya pueden venir tormentas, imponentes olas  o  resacas infernales que sólo nos mantiene  firmes en el lugar el amarre a un Ser Superior y dueño de todo.

Admira tanta esperanza y tanta fe. Aferrarse a lo divino, anclarse en lo único firme, confiar sólo  en la fijeza de Dios y nada en sí mismos y en lo que nos rodea o en lo teníamos por firme hasta ahora y no lo era. En una palabra, echar por la borda todo lo humano y quedarse sólo con lo divino, aunque por otra parte, sea desconocido e inexplicable. ¡Pero es lo único seguro!

Buscar seguridad en la vida puede ser una de las mil formas de buscar a Dios. Seguridad ante los infortunios, frente a las enfermedades, a los caprichos de la naturaleza, a la decepción ante las amistades, a los accidentes de tráfico, a la muerte temprana. Todo ello lo esperamos y posiblemente lo pedimos alguna vez en nuestras oraciones para reforzar nuestra esperanza. Pero acudir a Dios como único e infalible asidero… solo lo hace la esperanza teologal.

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21
Oct
2021
El Resucitado: “Id a Galilea; allí me veréis” (Mc 16,7). ¿Pero dónde está para mí Galilea?
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Rastrear a Dios es siempre buscar por los caminos de la vida. Por eso cada cual tiene su Galilea: muerte de un familiar, crisis de enfermedades, traición de quien teníamos por amigo, lo avasallador del mal en nuestro entorno, crisis del desarrollo vital, fracaso de una idea largo tiempo acariciada… Casi tantas Galileas como pueblos del mundo y situaciones  de la vida humana. Galilea está en la vivencia de cada uno, pero el resultado es el mismo: encontrarse con Dios. La historia del encuentro con Dios es más variada que las vidas de los santos y que los variados milagros que se les atribuyen.

No hay mapas que señalen dónde está la Galilea de cada cual, pero lo hallado es siempre lo mismo. Es la satisfacción de dar con algo por lo que merece seguir viviendo y  bregando las luchas de cada día, que justifica las peculiaridades de cada cual y que otorga a la existencia el marchamo de ser una existencia particular e irrepetible y justificadora de todo el proceso vital, la única medicina en casos de enfermedades incurables. Precisamente por esta relación con Dios cada uno de nosotros es lo que es y cada uno de nosotros tiene su nombre escrito desde toda la eternidad. Es como la vida de los santos: todos son santos pero no hay dos iguales en relación a Dios ni en la historia de su conversión.

No hay que fiarse de los manuales para convertirse a Dios ni en santos que todo lo consiguen ni en ejercicios de adiestramiento espiritual. Ante todo es obra de la gracia y es Dios mismo el que nos busca y quien busca atraernos con su amor y doblegar el espinazo de nuestros egoísmos y veleidades acariciadas. Es él quien  desbarata nuestros personalismos y nuestras seguridades sojuzgando la independencia de nuestro espíritu. Las personas lo único que podemos hacer es seguir buscando a tientas a Dios, pero siempre es Dios quien se adelanta y sale a nuestro encuentro.

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8
Oct
2021
Buscar algo incondicionado e ilimitado es buscar a Dios. Nada valen otras definiciones alambicadas, ni siquiera las académicas
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Muchas veces me han preguntado que les defina quién es Dios, que yo lo sabré después de apelar con frecuencia a Dios o invocar su nombre. Pero no se trata de definir quién es Dios sino de sentirse afectado por alguien que nos supera a todos.

Sí. No se busca a alguien que defina brillantemente quién es Dios en una erudita monografía calificada cum laude en las academias, sino qué cambia en nuestra existencia si confesamos la realidad de Dios. Dios no es alguien demostrado sino mostrado, no alguien que conocemos fortuitamente sino alguien quien sale a nuestro encuentro.

Los seres humanos tenemos la convicción de que todos somos iguales, de que nadie está por encima del otro, de que todos somos de la misma dignidad;  tal es el abecedario de los derechos humanos. Pero por lo que se suspira es por alguien que no sea precisamente como todos, sino que está por encima de todos, de que sea autoridad indiscutible en las luchas, de que sea el pacificador allí donde no hay posibilidad de encontrar la paz, de que sea verdad por encima de las innumerables opiniones humanas. Alguien que sea… Dios.

¿Queremos más pruebas de que Dios es necesario e imprescindible en la vida de todo el mundo y de cada ser humano en cualquier sitio donde se encuentre?  Esto es lo que buscamos todos al invocar a… Dios.

Lo primero que certifica nuestra idea de Dios es la de un Ser Supremo, creador y señor de todo lo creado y gobernador de todo el mundo con una sabiduría que es exclusiva suya y no esperar que aceptemos  a Dios si coincide con nuestros gustos y si se porta gobernando el mundo de una manera que a cada uno le parezca razonable. Eso único y supremo por encima de toda veleidad es… Dios.

Hemos alterado el mundo con nuestros egoísmos y nuestros odios e insolidaridades y ahora preguntamos: ¿dónde está ese que dicen que lo arregla todo? Queremos fabricar dioses tapagujeros que arreglen nuestros egoísmos y pasiones, nuestras mezquindades, nuestras limitaciones e inseguridades. Pues estamos equivocados, porque Dios no es eso y eso que buscamos no es Dios sino la proyección idealizada de nuestras frustraciones y soberbia; alguien que nos sirva en bandeja nuestras ensoñaciones.

 Pensamos que somos fabricantes de toda realidad, pero hay alguien que nos persigue con su amor y se ofrece a nuestra respuesta y al que buscamos con el corazón lleno de nostalgias y sin embargo siempre está oculto. Y eso… solo es Dios.

Solo lo que es fruto del corazón e intuición del sentimiento es moneda válida en el reino de lo divino. Cuando buscamos a Dios, lo que buscamos es alguien que no sea precisamente como somos todos nosotros.

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